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martes, junio 09, 2009

702. Una Guitarra


Y mientras el lápiz seguía corriendo por la superficie áspera de la hoja, la voz de Manuel comenzó a manar serenamente a modo de garúa sobre un techo invernal contando sobre las peripecias de los primeros vuelos en bola. Las dudas que habían tenido sobre el poco probable despegue de aquellos mastodontes de engrudo y papel, alambres y tiras de plástico retorcido. La habilidad de Dengue para lograr las trenzas de 32 tiras, y después llegar a ser el más perfecto instructor de vuelo. El Cholo con su temperamento seguro y tan poco propenso a seguir las sugerencias de Mandinga...

-...por lo general íbamos sentados así formando triángulo y acuclillados como indios cubiertos por sus mantas... sintiendo el zumbido que las cuerdas resonaban dentro de nuestras cabezas formando imágenes que de a poco fuimos aceptando como parte de una conversación entre la bola y nosotros...

Ni Magda ni Giorgionne comentaron nada por no interrumpir. Vieron que arrancaba aquella hoja dibujada y comenzaba a garabatear otra con crayolas como si fuera parte de la misma narración.
En cambio él mismo se interrumpió para preguntar como a muchos que estuviesen alrededor si por casualidad tendría alguien una guitarra. Una guitarra común con la que se podría hacer una prueba, ya que tanto dudaban, sobre la capacidad del pensamiento para hacer vibrar una cuerda. No porque un sonido pudiera tener ningún poder sobre el espacio y el tiempo, sino porque así como pueden resonar los sonidos también pueden hacerlo los pensamientos y las dimensiones que nos rodean.

-Dice mi abuelo Avelardo que todo lo que existe tiene su clave en la manera en que vibra, pero que cada cosa vibra a la vez de muchas formas distintas. Ahora... Yo me he preguntado sobre la vibración. ¿Qué será entonces la vibración? No puede ser lo que hacen las cosas, porque las cosas serían un conjunto de vibraciones... ¿Qué será lo que vibra...?

Se había quedado mirando la nada que se interponía entre él y sus dos compañeros, casi sonriente, pero posiblemente triste y sin esperar respuesta.
El sol se había ido deslizando por el cielo de aquella tarde otoñal y ahora iluminaba las últimas hojas de los álamos que asomaban sobre los techos vecinos, más y más allá, alejados de la costa, por donde él se sabía caminos de tierra adentro que exploraban las chacras y se enlentecían en el mugido de las vacas que esperaban ser ordeñadas.




sábado, noviembre 29, 2008

631. Tres Días de Otoño

Tocó carnicería en procura del churrasquito de docientos gramos, verdulería por las zanahorias, el repollo y de ser posible tomates. El autoservicio del chino Wong por el resto. Todo equilibrado y aquilatado según estiquiométricas proporciones que vendrían a reconstituir el mobiliario globular de la sangre y la biblioteca de catalizadores necesarios para las innúmeras reacciones bioquímicas que en delante se verían promovidas con un criterio sino estratégico, al menos táctico. No lo había dicho el facultativo pero, tal vez con su vacía mirada vuelta hacia el reloj de la pared, no otra cosa hubiera querido indicar que la existencia de una posibilidad no nula de que los tan extraños síntomas observados, escuchados, fueran apenas la consecuencia de una incipiente desnutrición. Casos así se han visto en tiempos de escasas meriendas y nulos almuerzos, cuando las pobres neuronas deben aguzar el ingenio y la imaginación, en procura de nuevas fuentes de recursos.
Llevaron, fuera de receta una caja de vino, papel higiénico y café, y llegaron a la relativa altura desde la que otra vez se divisaban los álamos en el bajo, frente a los pinares parejos y oscuros donde alguna vez, en algún tiempo y lugar, Manuel había conocido a su padre.
Todo parecía estar en su lugar salvo las hojas. Los álamos parecían arañar el cielo mendigando ropaje. Estaban en otoño. Por cierto, o tal vez ya comenzando el invierno, no. El clima y la luminosidad del aire parecían otoñales. Era el mes de abril de hacía dos años, pero en otro mundo. En éste no se habían abierto esferas huecas en el piso del baño ni había sido él raptado en una de ellas para llevarlo hasta aquel tugurio filipino de la segunda guerra, donde Ernie Pike fumaba su eterno cigarrillo mientras esperaba el desenlace de una de sus historias. Esto era el otro lado de la membrana, tabique, espejo, tramoya, que separaba las distintos planos de la misma trama. Si él habia sido llevado a otro mundo desde su casa, tal vez habría sido sustituido por otro Manuel traído desde a su vez otro mundo. Luego, en éste él había aparecido inconciente en lugar de otro que habría sido llevado... uf! Más valía no tratar de entender tan intrincado juego de sustituciones, de tiempos y de lugares. Mejor sería tomar las cosas tal cual se presentaban y esperar con calma que apareciera Mandinga a buscarle.
Fue el primero, entonces, de tres días de almuerzos puntuales, amor moderado y descanso. Tres dias otoñales dignos de la sazón de los años, cuando las frutas se muerden de a bocado tomándose el tiempo para el saboreo. Tres días sin conflictos de opiniones, en el pacto tácito de no mencionar lo innombrable, absortos como estaban cada cual en la contemplación de lo extraordinariamente parecida que puede ser una cosa a otra sin dejar de ser diferente. Una persona. Magdalena identica, no sólo en lo físico, a Magdalena. sino hasta en los más escondidos tics de su personalidad y Manuel, oh Manuel... ¿cómo podías, Manuel, haber perdido casi por entero tu memoria y adquirido otra prestada, fabricada de retazos absurdos y fantasías novelescas...?
El tercero fue jueves. Lo era de puro derecho por ser el siguiente al miercoles, el segundo, que ya había transcurrido por completo sin noticias de Mandinga, ni de ninguna otra cosa que no fuera el silencioso transcurrir del tiempo entre comidas y besos. El jueves, hoy jueves tocaba psicólogo