Por unos minutos sólo escuchó el rezongo del motor y el ruido que la puerta hacía cuando articulaba sus bisagrados brazos en sincronía con el casi inaudible quejido de los frenos al llegar a las paradas.
Luego se rió para adentro. Una sonrisa apenas, porque no fue una sarcástica carcajada, ni amarga broma de alguien que se odia. Fue una sonrisa comprensiva que le avisaba del comienzo de una de sus ondulaciones depresivas. Admitía no poseer una ilimitada energía vital. Se deprimía con frecuencia, cada vez con más frecuencia, últimamente. Pero tampoco se quedaba mucho en el fondo, ni tan hondo; oscuro pozo donde la razón se rinde y el corazón se afloja. Él ondulaba. Subía de alegría y entusiasmo moderado por un par de jornadas y luego por otro par bajaba. Ahora se descubría bajando. Desde el momento exacto en que se había sentido ridículo por inclinarse a creer la historia de ese muchacho... ¿Es que no se perdonaba ser un ser humano como todos, propenso a fantasear utopías,hacerse ilusiones, o simpatizar con los desgraciados de la tierra?
Claro que él era un profesional.
Pero podía profesión alguna negar la realidad de una existencia apasionantemente subversiva?
Ese muchacho tenía sobrados motivos para vivir.
Ideas que defender.
Historias que recordar y compartir.
Vivas emociones, vitalidad, humor e inteligencia.
¿Sería eso la locura...?
¿Y lo suyo, esa grisura permanente, esa conciencia clara de lo que se quiere hacer pero no se hace, ese cansancio crónico de locomotora que arrastra excesivo número de vagones... ? ¿Sería eso la cordura?
Se descubrió de pronto abriendo la agenda que llevaba en el bolsillo interior de la campera. Allí, en la primera contrataba, estaba viendo la todavía foto de cuando ellos eran jóvenes, a la sombra de los pinos de Salinas, calor, poca ropa y ganas de llevarse el mundo por delante. Porque ella, la escribana, también había sido joven y tenido un corazón que parecía abierto a contener los mejores sentimientos humanos, comenzando por el buen humor y el innato sentido de la justicia. El mundo era joven entonces, como ellos. Maleable y dócil materia dispuesta a toda clase de juegos, de fantasías, de proyecciones infinitas.
Después... El casamiento, los últimos exámenes de la facultad... El trabajo... el dinero que no alcanza, el hijo...
Al que hay que acostumbrar a la lucha competitiva porque nadie te regala nada sino que tenés que ganártelo a codazos y patadas para no seguir siendo el último orejón del tarro o un boludo soñador que sigue creyendo que el socialismo queda a la vuelta de la esquina. ¡El socialismo! ¿Es que todavía no te has dado cuenta que los socialistas son los primeros en aprovechar todas las oportunidades para enriquecerse y mandar a sus hijos a estudiar a las universidades americanas?
Marketing, Postrado, Packaging, Senior, etc.
Puf.
Sobre el Aeropuerto de Carrasco volaban oscuros nubarrones. Tal vez a la noche lloviera y pudiera quedarse en su estudio, la ventana entreabierta para escuchar la lluvia sobre las hojas del árbol, a leer aquella novela que tenía empezada. Pequeña novela que se había empeñado a leer en su versión original. O Alienista. Ja. Ya en aquella su época, Machado de Assis se preguntaba qué cosa podría ser la locura.
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viernes, enero 30, 2009
654. El Socialismo Tan Esperado
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miércoles, abril 16, 2008
514. Trecientas treinta y tres veces
xcen > es
-Perdoná Ernesto, es que por ser mi cumpleaños no estoy en vena para temas tan aburridos como la política, mejor... Bueno mirá... hemos resuelto que ya es hora de darle rienda suelta a todas las otras ideas...
---las otras ideas...?
-Sí, las otras ideas, esas que... ¿pero decime, vos nunca has tenido una idea que parecen contradecir toda lógica y que sin embargo...?
-¿Una premonición?
-Mucho más que eso... ¡Una teoría descabellada! ¡Una locura! Una locura que te hace reventar el corazón dentro del pecho. De sólo pensarla y animarte a asomar la cabeza dentro de las consecuencias infinitas que esa loca idea, de ser verdadera, traería aparejada para transformación del futuro y comprensión de lo que es el universo?
Miguel confirmó su acuerdo con un movimiento de cabeza que hizo a Ernesto reparar en su sonrisa satisfecha. El también con esa cosa extravagante? Por lo visto contagiosa y... ahí no más, el muchachito de la cueva debajo su casa poblada de tucu tucus gigantes... ¿Qué estaría pasando aquí?
-Vas a tener que explicarme. No se de que me podés estar hablando...
Tomó Abelardo con una de sus grandes manos un cajón vacio de los que abundaban a un costado y lo arrimó con gestos de pensar en sentarse arriba.
-Traigan ustedes también. Vamos a tener que hablar del proyecto.
Margarita dentro de la casa cocinó su arroz con lentejas y comió masticando trecientas treinta y tres veces cada bocado, respirando como la rayuela con una y después otra de las narinas,para terminar con las dos a un mismo tiempo. Preparó y tomó su te de orégano, para la memoria, el de cáscara de zapallo para quemar las grasas y el de cedrón porque le gustaba más que todos los otros. Hizo su minuto de silencio para concentrar sus energías en los puntos necesarios y se tiró sobre el diván del lívin a ojear cualquier revista que le quitara de la cabeza su idea fija de que el tarado de su padre otra vez perdía el tiempo conversando con los pajarracos de sus amigos...
(Válgame Dios!)
¿Por qué sería tan difícil de entender, para la mayoría de la gente, que lo importante era lograr el equilibrio. Y que para lograr el equilibrio era necesario apartarse de todos los factores desequilibrantes, la política y el futbol entre otros. Comer poco, masticar bien y sobre todo respirar correctamente.
No lo lograba. No lograba del todo olvidarse (desinteresarse) de lo que se estuviera debatiendo dentro de aquellas paredes. Bien que no le interesara el tema, se lo suponía en línea con lo que en aquella misma casa, cuando en ella aun vivía su madre, había sido por años el rosario de todas la oraciones diarias. La revolución. La bendita revolución que por suerte nunca había llegado a mucho más que arruinarle a ella la infancia y parte de la adolescencia, hasta obligarle a emigrar tras las motas de aquel negro gigantezco y bailarín que por último la había abandonado tras unas pocas noches de fiesta. Otro desequilibrio. Otro más, como los que se siguieron cada vez que intentaba dar un golpe de timón sin lograr otra cosa que irse de un extremo para el otro. Rodolfo, Sebastián, el pardo Santana, el flaco Cleanto... y la época del frenesí en las arenas de Playa verde, cuando se había convensido de ser la nueva encarnación de la eterna hembra insaciable. Después... Pero nunca el equilibrio!
Apareció Manuel en procura de poner agua a calentar y preparar un mate. Margarita se conmovió. Había visto, de repente en la miráda brillosa de su hijo, aquella misma mirada de quien creía que fuera su padre.... aquella noche de llamadas en el barrio sur de Montevideo, calurosa y ferviente de libertad. ¡1986, qué año! Sólo la mirada y el tono café con leche de la piel... Porque, pobre Manuel, aun sin ser feo, nada en él pudiera nunca llamar la atención de una mujer...
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