Magda confesó no saberlo y que justamente eso le preocupaba. No puedo recordar sin que se me entreveren recuerdos que no tienen nada que ver y hasta... cosas que nunca ocurrieron!
-Pero... ¿te sentís mal por algo?
Se exasperó.
-No me siento mal. Tampoco me siento bien. ¡Es que no me siento de ninguna forma, Manuel! Nos tienen dopados.
-¿Dopados...? ¿Como nos van a tener dopados...?
-¿No te parece posible? Bueno, mirá lo que voy a hacer.
Levantó la mano derecha y se metió la carnosidad que hay entre el pulgar y el índice dentro de la boca. Empezó a morder cada vez con más fuerza. Con mucha fuerza, hasta que los dientes se vieron rodeados de sangre. Manuel le obligó a soltar.
-¿Qué hacés? Te has vuelto loca flaquita? Mirá te lastimaste, vení... vamos a...
Magda se soltó y se puso en su camino.
-Pero es que no me entendés. Me mordí hasta cortar la carne sin sentir ningún dolor...¡Nos tienen dopados!
-... tal vez estés enferma...
-No, Manuel. probá de morderte y vas a ver.
Manuel probó. Cuando sintió el gusto metálico dentro de la boca soltó y atónito quedó mirándose la mano lastimada.
-¡Las amapolas! Esa leche que largan...
-Sí, pero eso no es todo. Decime a ver, ¿cuantos días hace que estamos presos aquí?
Era imposible. A Manuel le parecía que tal vez no fuese tan importante, que tal vez era mejor así, dejar pasar el tiempo, total, veinte años no son nada, mientras estuvieran juntos... de esta nueva forma que... aunque ciertamente se sentía tan excitado cuando le acariciaba el rostro o como ahora le tomaba la mano... ¿Por qué sería que después se iban a dormir cada uno a su colchón...? Tan cansados no podrían estar... Sí, Magda tenía razón, algo raro les estaba pasando...
-A vos te parece que en la comida... o en el agua...?
-No lo se. Me acuerdo que de las amapolas se extrae el opio, del opio la morfina y, de la morfina, la heroína.
Sintieron una voz susurrante a sus espaldas.
-Sigan, sigan, conversen caminando a lo largo de las líneas. Nos controlan por los sombreros desde las atalayas.
Era una interna diminuta que parecía trabajar a pocos metros de distancia bajo su inclinado sombrero chino.
-Me llamo Jarumi. Ustedes están en lo cierto. El problema no es sólo el látex que largan las adormideras. Pertenezco a un grupo que hemos conseguido guantes de goma para trabajar. Mi familia es de esta zona, me los hacen pasar pagando coimas a los funcionarios. ¡Sigan, por favor, sigan arrancando capullos, caminen...
Ellos aceptaron el consejo comenzando a avanzar en líneas paralelas, pausadamente, hamacando el cuerpo y los sombreros igual que un rato antes, mientras observaban de reojo a la muchachita de rasgos orientales que le venía conversando.
-Estas no son plantas comunes. Son transgénicas. El látex de estas plantas contiene un porcentaje de morfina muy alto. Mis padres son floricultores y conocen de esto. Pero estamos insensibilizados y atontados por el opio que respiramos en los dormitorios.
-¿Los sahumerios...?
-No son sahumerios. Son vapores que entran por unos respiraderos que están en las paredes. Se producen en unos zótanos donde hacen hervir un pegote de este látex. Tenemos que organizarnos...
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martes, julio 15, 2008
567. Gusto a Sangre
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lunes, julio 14, 2008
566. Las Rojas Amapolas
Los sacaron de la sala de juicio, los introdujeron en un furgón blindado de transporte de caudales, los llevaron sin que nada vieran y los bajaron en las grandes plantaciones de amapolas que explotaba la compañía, sin mayores ni más completas explicaciones que decirles que iban a trabajar diez horas por día en los cultivos. Se estaba en plena zafra y la tarea del momento era retirar los capullos maduros de las plantas, colocarlos en una bolsa que cada cual llevaría de arrastro, la que depositarían al término de cada surco, tomando una vacía antes de iniciar otro. Los internos se contaban por cientos y además de las bolsas se les proveía de un sombrero chino para protegerse del sol y de un par de ojotas para dejar a salvo los calzados.
Comerían bien. La dieta estaba basada en las inagotables propiedades nutritivas de la soja transgénica -producida en otras tierras de la misma compañía-; acompañada de arroz en algunos casos o de fideos en otros. Poca sal, por sus nefastos efectos sobre el sistema circulatorio y digestivo. Nada de carnes rojas, ni blancas, ni sustancias grasas, ni pan o sus derivados, farinaceos, productores de desagradables flatulencias, edulcorantes artificiales ni naturales, ni por supuesto toda esa gama de saborizantes de tan dudoso efecto sobre la salud. Por último lo común era medio cucharón de soja hervida junto con uno, casi lleno, de arroz preparado de la misma forma.
Desde el primer día llegaban al fin de la jornada muy cansados. En los dormitorios colectivos, después de la cena, era tal el deseo de acostarse, y una vez acostados el de dormir que, aunque al principio se habían propuesto otra cosa, llegados a aquel silencio penumbroso, aromatizado con exquisitos sahumerios, nada más hacían que tirarse sobre los colchones y sumergirse en el más profundo de los sueños.
Eso al menos los primeros días. Al cabo de ellos fue Magda la primera en darse cuenta de que ya habían pasado varios sin que pudieran intercambiar palabra ni ninguna otra cosa. En su caso, había estado ocupando la ociosa mente en ordenar los recuerdos de tantas peripecias vividas, muchas veces sin lograrlo, especialmente durante ese rato que después de la cena se tiraban sobre los colchones, y los recuerdos formaban nebulosas marchas de imágenes que poco a poco se iban interpenetrando y transformando unas en otras, con agregados siempre nuevos, llenos de creatividad y mansedumbre. Qué placer. Esos recuerdos antiguos donde ahora se venían a intercalar, detalles nunca antes observados, personajes desconocidos que ahora se venían a recordar como pertenecientes a aquellos sucesos. Parlamentos a cargo de objetos y animales, o toda clase de fenómenos sobrenaturales en los que la atención nunca se había detenido.
Pero una tarde cualquiera de aquellas Magda, mientras se quitaba ese tenaz pegote de látex que se le volvía a formar entre los dedos a medida que hacía su trabajo, perdida en aquel mar de amapolas ya casi desprovistas de pétalos, se detuvo como un colibrí frente a su dulce flor, frente a su conciencia anterior del hecho, frente a lo que ya varias veces había pensado sin detenerse más que un breve instante. Los días pasaban y ellos... Y todas aquellas personas que se podían ver, adivinar más bien, debajo de cientos de sombreros chinos, como que aquello fuese una aldea vietnamita asomándose de entre la selvática vegetación... Todos. Ellos y nosotros. Los que estaban de antes, Los que iban llegando día tras día en incesante acarreo, y que una vez llegados se mezclaban miméticos en la extendida proliferación de pagodas humanas que ondulaba entre las amapolas...Todos. ¿Cómo podría ser posible, que de entre tantos ni uno hubiese propuesto o intentado algo para recuperar la libertad?
Fue entonces que tiró a un lado la bolsa y corrió en busca de Manuel entre las plantas. Lo encontró debajo de uno de tantos sombreros, sonriente y sereno, canturreaba una melodía que sin querer, tal vez, alargaba mucho más allá de sus límites, aunque siempre dentro de su estilo; la miró llegar, con un beso tibio, con una caricia suave sobre la mejilla izquierda, retirándole el mechón de cabellos que se le anteponía a los ojos, queriéndola de un nuevo modo -lo sintió así Magda- mientras la miraba a los ojos desde el fondo de aquel océano que navegaba...
-Manuel, nos están drogando!
El siguió sonriendo con dulzura. Estaba muy flaco, sus manos parecían un manojo de tendones, la piel un pergamino, la cara estrecha, chupada, el estómago, lo mismo.
-¿Cuanto tiempo ha pasado...?
Comerían bien. La dieta estaba basada en las inagotables propiedades nutritivas de la soja transgénica -producida en otras tierras de la misma compañía-; acompañada de arroz en algunos casos o de fideos en otros. Poca sal, por sus nefastos efectos sobre el sistema circulatorio y digestivo. Nada de carnes rojas, ni blancas, ni sustancias grasas, ni pan o sus derivados, farinaceos, productores de desagradables flatulencias, edulcorantes artificiales ni naturales, ni por supuesto toda esa gama de saborizantes de tan dudoso efecto sobre la salud. Por último lo común era medio cucharón de soja hervida junto con uno, casi lleno, de arroz preparado de la misma forma.
Desde el primer día llegaban al fin de la jornada muy cansados. En los dormitorios colectivos, después de la cena, era tal el deseo de acostarse, y una vez acostados el de dormir que, aunque al principio se habían propuesto otra cosa, llegados a aquel silencio penumbroso, aromatizado con exquisitos sahumerios, nada más hacían que tirarse sobre los colchones y sumergirse en el más profundo de los sueños.
Eso al menos los primeros días. Al cabo de ellos fue Magda la primera en darse cuenta de que ya habían pasado varios sin que pudieran intercambiar palabra ni ninguna otra cosa. En su caso, había estado ocupando la ociosa mente en ordenar los recuerdos de tantas peripecias vividas, muchas veces sin lograrlo, especialmente durante ese rato que después de la cena se tiraban sobre los colchones, y los recuerdos formaban nebulosas marchas de imágenes que poco a poco se iban interpenetrando y transformando unas en otras, con agregados siempre nuevos, llenos de creatividad y mansedumbre. Qué placer. Esos recuerdos antiguos donde ahora se venían a intercalar, detalles nunca antes observados, personajes desconocidos que ahora se venían a recordar como pertenecientes a aquellos sucesos. Parlamentos a cargo de objetos y animales, o toda clase de fenómenos sobrenaturales en los que la atención nunca se había detenido.
Pero una tarde cualquiera de aquellas Magda, mientras se quitaba ese tenaz pegote de látex que se le volvía a formar entre los dedos a medida que hacía su trabajo, perdida en aquel mar de amapolas ya casi desprovistas de pétalos, se detuvo como un colibrí frente a su dulce flor, frente a su conciencia anterior del hecho, frente a lo que ya varias veces había pensado sin detenerse más que un breve instante. Los días pasaban y ellos... Y todas aquellas personas que se podían ver, adivinar más bien, debajo de cientos de sombreros chinos, como que aquello fuese una aldea vietnamita asomándose de entre la selvática vegetación... Todos. Ellos y nosotros. Los que estaban de antes, Los que iban llegando día tras día en incesante acarreo, y que una vez llegados se mezclaban miméticos en la extendida proliferación de pagodas humanas que ondulaba entre las amapolas...Todos. ¿Cómo podría ser posible, que de entre tantos ni uno hubiese propuesto o intentado algo para recuperar la libertad?
Fue entonces que tiró a un lado la bolsa y corrió en busca de Manuel entre las plantas. Lo encontró debajo de uno de tantos sombreros, sonriente y sereno, canturreaba una melodía que sin querer, tal vez, alargaba mucho más allá de sus límites, aunque siempre dentro de su estilo; la miró llegar, con un beso tibio, con una caricia suave sobre la mejilla izquierda, retirándole el mechón de cabellos que se le anteponía a los ojos, queriéndola de un nuevo modo -lo sintió así Magda- mientras la miraba a los ojos desde el fondo de aquel océano que navegaba...
-Manuel, nos están drogando!
El siguió sonriendo con dulzura. Estaba muy flaco, sus manos parecían un manojo de tendones, la piel un pergamino, la cara estrecha, chupada, el estómago, lo mismo.
-¿Cuanto tiempo ha pasado...?
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