Con todo Ernesto se acercó poco a poco, casi como no queriendo ser observado, por los muchachos o... por aquello que no se atrevía ahora a volver a enfrentar de ojos abiertos. Esas telarañas brillantes que un momento antes... ¿No serían naturales? Brillando acaso por el ángulo justo de la luz incidente que fuera reflejada hacia algunas posiciones... No. Allí estaban otra vez las líneas iridiscentes, suspendidas sin sonido en el aire vertical y quieto. Luz. hechas de pura luz blanca parecían, sin poderse terminar de comprender qué figura era la que formaban. porque... parecían reproducir algo pero dibujado en negativo, porque las zonas oscuras, aquellas en las que casi no se veían filamentos luminosos... esas deberían ser, quizá, lo que la figura tendría de claridad.. Y lo que brillaba, tejido de miles de esas telarañas, podría ser... ¡Ya! Haciendo esa inversión de los contrastes, lo que se adivinaba era por cierto una figura como de hombre! Un extraño hombre sin cara... con escafandra y... ¡ojos escondidos detrás de un vidrio!
No quería verlo. Miró a los otros con expresión desahuciada y por dentro lamentando su reiterada condena de ser testigo de lo inefable. Tantas historias había absorbido de labios de su madre demente, en esa lengua Dogón que sin querer había terminado aprendiendo, tantas cosas incomprensibles que ella depositaba en sus oídos para que pervivieran latentes en los rincones de su cerebro... Y ahora esto.,,,
-No se asusten -comentó Manuel,- es sólo una imagen.
Cholo había llegado a vislumbrar algunas líneas cuando el fenómeno cesó. Magda y Dengue también. Solamente Rulo permanecía en sus trece chasqueando los labios y buscando un aliado con la mirada.
-Dejate de joder!
Dengue preguntó qué clase de magia era aquella.
-Lo hacés vos?
Y Magda quería explicaciones.
-Una imagen cómo... ¿Como se formó?
Ernesto Federico encaró a Manuel con adusta expresión.
-Ahora vas a tener que explicarnos todo. Desde el principio... ¿Quién sos... y qué es lo que querés de nosotros...?
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sábado, septiembre 12, 2009
735. Dejate de Joder
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lunes, julio 14, 2008
566. Las Rojas Amapolas
Los sacaron de la sala de juicio, los introdujeron en un furgón blindado de transporte de caudales, los llevaron sin que nada vieran y los bajaron en las grandes plantaciones de amapolas que explotaba la compañía, sin mayores ni más completas explicaciones que decirles que iban a trabajar diez horas por día en los cultivos. Se estaba en plena zafra y la tarea del momento era retirar los capullos maduros de las plantas, colocarlos en una bolsa que cada cual llevaría de arrastro, la que depositarían al término de cada surco, tomando una vacía antes de iniciar otro. Los internos se contaban por cientos y además de las bolsas se les proveía de un sombrero chino para protegerse del sol y de un par de ojotas para dejar a salvo los calzados.
Comerían bien. La dieta estaba basada en las inagotables propiedades nutritivas de la soja transgénica -producida en otras tierras de la misma compañía-; acompañada de arroz en algunos casos o de fideos en otros. Poca sal, por sus nefastos efectos sobre el sistema circulatorio y digestivo. Nada de carnes rojas, ni blancas, ni sustancias grasas, ni pan o sus derivados, farinaceos, productores de desagradables flatulencias, edulcorantes artificiales ni naturales, ni por supuesto toda esa gama de saborizantes de tan dudoso efecto sobre la salud. Por último lo común era medio cucharón de soja hervida junto con uno, casi lleno, de arroz preparado de la misma forma.
Desde el primer día llegaban al fin de la jornada muy cansados. En los dormitorios colectivos, después de la cena, era tal el deseo de acostarse, y una vez acostados el de dormir que, aunque al principio se habían propuesto otra cosa, llegados a aquel silencio penumbroso, aromatizado con exquisitos sahumerios, nada más hacían que tirarse sobre los colchones y sumergirse en el más profundo de los sueños.
Eso al menos los primeros días. Al cabo de ellos fue Magda la primera en darse cuenta de que ya habían pasado varios sin que pudieran intercambiar palabra ni ninguna otra cosa. En su caso, había estado ocupando la ociosa mente en ordenar los recuerdos de tantas peripecias vividas, muchas veces sin lograrlo, especialmente durante ese rato que después de la cena se tiraban sobre los colchones, y los recuerdos formaban nebulosas marchas de imágenes que poco a poco se iban interpenetrando y transformando unas en otras, con agregados siempre nuevos, llenos de creatividad y mansedumbre. Qué placer. Esos recuerdos antiguos donde ahora se venían a intercalar, detalles nunca antes observados, personajes desconocidos que ahora se venían a recordar como pertenecientes a aquellos sucesos. Parlamentos a cargo de objetos y animales, o toda clase de fenómenos sobrenaturales en los que la atención nunca se había detenido.
Pero una tarde cualquiera de aquellas Magda, mientras se quitaba ese tenaz pegote de látex que se le volvía a formar entre los dedos a medida que hacía su trabajo, perdida en aquel mar de amapolas ya casi desprovistas de pétalos, se detuvo como un colibrí frente a su dulce flor, frente a su conciencia anterior del hecho, frente a lo que ya varias veces había pensado sin detenerse más que un breve instante. Los días pasaban y ellos... Y todas aquellas personas que se podían ver, adivinar más bien, debajo de cientos de sombreros chinos, como que aquello fuese una aldea vietnamita asomándose de entre la selvática vegetación... Todos. Ellos y nosotros. Los que estaban de antes, Los que iban llegando día tras día en incesante acarreo, y que una vez llegados se mezclaban miméticos en la extendida proliferación de pagodas humanas que ondulaba entre las amapolas...Todos. ¿Cómo podría ser posible, que de entre tantos ni uno hubiese propuesto o intentado algo para recuperar la libertad?
Fue entonces que tiró a un lado la bolsa y corrió en busca de Manuel entre las plantas. Lo encontró debajo de uno de tantos sombreros, sonriente y sereno, canturreaba una melodía que sin querer, tal vez, alargaba mucho más allá de sus límites, aunque siempre dentro de su estilo; la miró llegar, con un beso tibio, con una caricia suave sobre la mejilla izquierda, retirándole el mechón de cabellos que se le anteponía a los ojos, queriéndola de un nuevo modo -lo sintió así Magda- mientras la miraba a los ojos desde el fondo de aquel océano que navegaba...
-Manuel, nos están drogando!
El siguió sonriendo con dulzura. Estaba muy flaco, sus manos parecían un manojo de tendones, la piel un pergamino, la cara estrecha, chupada, el estómago, lo mismo.
-¿Cuanto tiempo ha pasado...?
Comerían bien. La dieta estaba basada en las inagotables propiedades nutritivas de la soja transgénica -producida en otras tierras de la misma compañía-; acompañada de arroz en algunos casos o de fideos en otros. Poca sal, por sus nefastos efectos sobre el sistema circulatorio y digestivo. Nada de carnes rojas, ni blancas, ni sustancias grasas, ni pan o sus derivados, farinaceos, productores de desagradables flatulencias, edulcorantes artificiales ni naturales, ni por supuesto toda esa gama de saborizantes de tan dudoso efecto sobre la salud. Por último lo común era medio cucharón de soja hervida junto con uno, casi lleno, de arroz preparado de la misma forma.
Desde el primer día llegaban al fin de la jornada muy cansados. En los dormitorios colectivos, después de la cena, era tal el deseo de acostarse, y una vez acostados el de dormir que, aunque al principio se habían propuesto otra cosa, llegados a aquel silencio penumbroso, aromatizado con exquisitos sahumerios, nada más hacían que tirarse sobre los colchones y sumergirse en el más profundo de los sueños.
Eso al menos los primeros días. Al cabo de ellos fue Magda la primera en darse cuenta de que ya habían pasado varios sin que pudieran intercambiar palabra ni ninguna otra cosa. En su caso, había estado ocupando la ociosa mente en ordenar los recuerdos de tantas peripecias vividas, muchas veces sin lograrlo, especialmente durante ese rato que después de la cena se tiraban sobre los colchones, y los recuerdos formaban nebulosas marchas de imágenes que poco a poco se iban interpenetrando y transformando unas en otras, con agregados siempre nuevos, llenos de creatividad y mansedumbre. Qué placer. Esos recuerdos antiguos donde ahora se venían a intercalar, detalles nunca antes observados, personajes desconocidos que ahora se venían a recordar como pertenecientes a aquellos sucesos. Parlamentos a cargo de objetos y animales, o toda clase de fenómenos sobrenaturales en los que la atención nunca se había detenido.
Pero una tarde cualquiera de aquellas Magda, mientras se quitaba ese tenaz pegote de látex que se le volvía a formar entre los dedos a medida que hacía su trabajo, perdida en aquel mar de amapolas ya casi desprovistas de pétalos, se detuvo como un colibrí frente a su dulce flor, frente a su conciencia anterior del hecho, frente a lo que ya varias veces había pensado sin detenerse más que un breve instante. Los días pasaban y ellos... Y todas aquellas personas que se podían ver, adivinar más bien, debajo de cientos de sombreros chinos, como que aquello fuese una aldea vietnamita asomándose de entre la selvática vegetación... Todos. Ellos y nosotros. Los que estaban de antes, Los que iban llegando día tras día en incesante acarreo, y que una vez llegados se mezclaban miméticos en la extendida proliferación de pagodas humanas que ondulaba entre las amapolas...Todos. ¿Cómo podría ser posible, que de entre tantos ni uno hubiese propuesto o intentado algo para recuperar la libertad?
Fue entonces que tiró a un lado la bolsa y corrió en busca de Manuel entre las plantas. Lo encontró debajo de uno de tantos sombreros, sonriente y sereno, canturreaba una melodía que sin querer, tal vez, alargaba mucho más allá de sus límites, aunque siempre dentro de su estilo; la miró llegar, con un beso tibio, con una caricia suave sobre la mejilla izquierda, retirándole el mechón de cabellos que se le anteponía a los ojos, queriéndola de un nuevo modo -lo sintió así Magda- mientras la miraba a los ojos desde el fondo de aquel océano que navegaba...
-Manuel, nos están drogando!
El siguió sonriendo con dulzura. Estaba muy flaco, sus manos parecían un manojo de tendones, la piel un pergamino, la cara estrecha, chupada, el estómago, lo mismo.
-¿Cuanto tiempo ha pasado...?
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