lunes, julio 14, 2008
566. Las Rojas Amapolas
Comerían bien. La dieta estaba basada en las inagotables propiedades nutritivas de la soja transgénica -producida en otras tierras de la misma compañía-; acompañada de arroz en algunos casos o de fideos en otros. Poca sal, por sus nefastos efectos sobre el sistema circulatorio y digestivo. Nada de carnes rojas, ni blancas, ni sustancias grasas, ni pan o sus derivados, farinaceos, productores de desagradables flatulencias, edulcorantes artificiales ni naturales, ni por supuesto toda esa gama de saborizantes de tan dudoso efecto sobre la salud. Por último lo común era medio cucharón de soja hervida junto con uno, casi lleno, de arroz preparado de la misma forma.
Desde el primer día llegaban al fin de la jornada muy cansados. En los dormitorios colectivos, después de la cena, era tal el deseo de acostarse, y una vez acostados el de dormir que, aunque al principio se habían propuesto otra cosa, llegados a aquel silencio penumbroso, aromatizado con exquisitos sahumerios, nada más hacían que tirarse sobre los colchones y sumergirse en el más profundo de los sueños.
Eso al menos los primeros días. Al cabo de ellos fue Magda la primera en darse cuenta de que ya habían pasado varios sin que pudieran intercambiar palabra ni ninguna otra cosa. En su caso, había estado ocupando la ociosa mente en ordenar los recuerdos de tantas peripecias vividas, muchas veces sin lograrlo, especialmente durante ese rato que después de la cena se tiraban sobre los colchones, y los recuerdos formaban nebulosas marchas de imágenes que poco a poco se iban interpenetrando y transformando unas en otras, con agregados siempre nuevos, llenos de creatividad y mansedumbre. Qué placer. Esos recuerdos antiguos donde ahora se venían a intercalar, detalles nunca antes observados, personajes desconocidos que ahora se venían a recordar como pertenecientes a aquellos sucesos. Parlamentos a cargo de objetos y animales, o toda clase de fenómenos sobrenaturales en los que la atención nunca se había detenido.
Pero una tarde cualquiera de aquellas Magda, mientras se quitaba ese tenaz pegote de látex que se le volvía a formar entre los dedos a medida que hacía su trabajo, perdida en aquel mar de amapolas ya casi desprovistas de pétalos, se detuvo como un colibrí frente a su dulce flor, frente a su conciencia anterior del hecho, frente a lo que ya varias veces había pensado sin detenerse más que un breve instante. Los días pasaban y ellos... Y todas aquellas personas que se podían ver, adivinar más bien, debajo de cientos de sombreros chinos, como que aquello fuese una aldea vietnamita asomándose de entre la selvática vegetación... Todos. Ellos y nosotros. Los que estaban de antes, Los que iban llegando día tras día en incesante acarreo, y que una vez llegados se mezclaban miméticos en la extendida proliferación de pagodas humanas que ondulaba entre las amapolas...Todos. ¿Cómo podría ser posible, que de entre tantos ni uno hubiese propuesto o intentado algo para recuperar la libertad?
Fue entonces que tiró a un lado la bolsa y corrió en busca de Manuel entre las plantas. Lo encontró debajo de uno de tantos sombreros, sonriente y sereno, canturreaba una melodía que sin querer, tal vez, alargaba mucho más allá de sus límites, aunque siempre dentro de su estilo; la miró llegar, con un beso tibio, con una caricia suave sobre la mejilla izquierda, retirándole el mechón de cabellos que se le anteponía a los ojos, queriéndola de un nuevo modo -lo sintió así Magda- mientras la miraba a los ojos desde el fondo de aquel océano que navegaba...
-Manuel, nos están drogando!
El siguió sonriendo con dulzura. Estaba muy flaco, sus manos parecían un manojo de tendones, la piel un pergamino, la cara estrecha, chupada, el estómago, lo mismo.
-¿Cuanto tiempo ha pasado...?
martes, julio 10, 2007
347 LA PRESENCIA SOBERANA
Por casualidad descendieron sobre la Teja cuando unos milicos a caballo, sable en mano arremetían contra algunos valientes que habían sobrepasado sus propias barricadas para ahuyentarlos a fuerza de pedradas como en aquella película filmada en la dictadura que por eso la escena se veía en blanco y negro. Los sables se congelaron levantados casi paralelos desde encima de los cuadrúpedos, pero no bajaron nunca, acobardados por el espanto de verse enfrentados a enemigo superior. Quedaron también registrados por los flashes –belleza de lo macabro- en ese preciso instante en que las bolas llegaban a ser el vertiginoso fondo neutro de la toma, movida por cierto y que a la postre no se sabe si fue revelada. O aquella en que la cara del milico gira advirtiendo que algo se acerca a la derecha, y la izquierda se retrasa la mejilla (con ese lado de la boca) por donde escapan gotas de saliva que también quedan retratadas.
Las bolas pasan al rape de las caballerías asustando a los animales. Una ovación resuena por las cuadras y se abre en las ventanas con ropas tendidas en los balcones. Pasan de nuevo, ahora por encima de los amotinados, en marcha serena de hasta luego todo queda en orden y levantan vuelo para aumentar la perspectiva que enseguida les llama sobre 8 de Octubre y una muchedumbre mayor que muestra contornos movedizos. Pero… No siguen esa marcha. Sobrevolando Bulevar Artigas les ha detenido la espeluznante visión de una columna de blindados que avanza hacia el sur. Hacia esa gente que sigue creyendo aquello de la presencia soberana. No pasarán, dicen los corazones mientras las bolas se lanzan en picada junto con una lluvia de huevos podridos que el ingenioso sistema de las resonancias crea a partir de pensamientos bien dirigidos. Las orugas se empantanan en la tortilla y los uniformados huyen como pueden a quitarse las ropas corriendo por la calle Yaguarí, por Pedernal o a lo largo de la avenida en dirección a los Cuernos. En el medio de Bulevar y a lo largo de tres cuadras, yacen los fétidos blindados.
Enseguida es el barrio del hipódromo el que los llama. Allá han quedado algunos contusos entre los que no han sido detenidos por perturbar la paz social de los otros socios, que son los que definen lo que es la paz. Y lo que es social. Porque ellos son los que estudian para saberlo y enseñárselo a sus hijos para que en futuro sepan defender sus derechos por encima de esa mersa ignorante que sólo sirve para perturbar la paz y reclamar beneficios sin haber trabajado lo suficiente. ¿Verdad doctor?
En el Buceo sobrevolaron un baile callejero que había llenado los árboles de farolitos de colores entre las pancartas que decían TERRITORIO LIBERADO-SOLO DIALOGAMOS CON MANUEL. Por allí no andaban las tropas.
Por el Barrio Sur se vieron algunos turistas tratando de fotografiarse con los tamborileros. Very nice off corse, sin enterarse de lo que pasaba en la ciudad que estaba más bien silenciosa, escuchando sobre su viejo corazón la presión de los tiempos que cambian.
Las bolas parecían multiplicarse al atravesar los cielos en todas direcciones, largando aceite quemado aquí, bolitas de vidrio allá y otras cosas más allá. Por nombrar las menos chanchas y no hacer de esta crónica una larga lista de supuestas gracias insertadas dentro de un relato más bien trágico.
Porque lo cierto fue que al llegar la noche Montevideo lloraba y reía. Se había dividido en un montón de pueblitos autónomos que todavía no agonizaban por la falta de agua y de luz, ni que decir de teléfonos… Recién al otro día se iban a poder iniciar las tratativas con las otras y las otras comunas salvo algunas que habían optado por cortar todos los caños y los cables. Había confianza en lograr acuerdos mutuamente beneficiosos con los vecinos que permitieran el paso del líquido elemento, pongamos por caso, por cañerías que herían su territorio. Porque la cosa se había puesto territorial, vaya a saber por qué. Cada grupo que rompía con todas sus normas anteriores reclamaba primero que nada un territorio como propio para después ver si se escribían o no reglamentos de convivencia o de trabajo en común o separados, para las necesidades internas de la comuna o para su exportación en pago de servicios recibidos de otras.
A la noche se reunieron todos en la caverna reconstruida por los Tucus. La computadora se había salvado intacta del derrumbe y fue el centro de la reunión cuando la usaron como radio porque los canales no transmitían e incluso las radios eran dos o tres. Algunos cronistas aficionados hacían notas muy en caliente en los núcleos de las comunas que hervían de ideas innovadoras que rompían con todas las tradiciones criollas…salvo tal vez las de los indios, entre gente que ayer nomás…o anteayer…eran a veces señores clase media que se habían ganado una posición como pago a sus esfuerzos por trabajar y estudiar al mismo tiempo. Se hablaba de igualdad. De llegar por una vez a realizar la sociedad igualitaria donde lo básico posible estuviera asegurado y al esfuerzo se le premiara de acuerdo a las posibilidades de cada cual sin comparar resultados que no se pueden comparar