Pasaron dos largas dunas sostenidas sobre un terreno donde de tanto en tanto asomaban escarpadas aunque chatas rocas calizas que protegían en su sombra neta otros escuálidos vegetales, resecos y duros en apariencia.
Jesús bajó chancleteando una de aquellas barrancas y por último se agachó entre las zarzas desapareciendo sin dar explicaciones. Parecía chiste y no daba para seguir el ejemplo suponiendo, como se suponía, que las plantas fueran espinosas para protegerse del hambre y la sed de los chivos o los jumentos que pudieran deambular perdidos. Espinas eran, más que plantas, aunque tuviesen aquellas costras en los tallos, lo único que abultaba con apariencia de carnosidad que algunos insectos patilargos parecían estar libando, justo en ese lugar, por dónde apareció de vuelta la cabeza del nazareno y esa voz, entre gutural y nasal que les instaba a seguirle bajo las matas.
Llovido sobre mojado, debajo de las plantas se habría una bajada hacia una enorme cueva. Natural, tan natural como la galería máxima del Bosque aunque más ancha y mucho mejor iluminada. Desde la parte alta de las paredes se adentraban sobre el espacioso vacío central unas beligerantes puntas sobresalientes, restos de antiguos extractos de rocas más duras, del tipo de las que más por encima hacían de techo.
(Una descripción somera por no decir homérica)
La profundidad, no menor de doscientos metros y otros tantos en el ancho. Una plaza central por donde una buena cantidad de gente estaba en esos momentos entrando a un especie de templo rodeado de puertas, allí donde la claridad que venía de lo alto llegaba a su máximo esplendor... Aunque esa luz no debería estar atravesando varios metros de roca! ¿O sí?
Porque por ningún lado se veían lámparas ni juegos de espejos que tras cuarenta reflexiones hicieran entrar los rayos del sol. La parte central, la más alta, del techo mismo, era , toda ella la que emitía luz... o la estaba dejando pasar con ese color característico de la luz solar. Todos pensaron en cristal de roca. Y en Indiana Jones, pero callaron a la espera de poder preguntarlo. Algunos vecinos se estaban acercando a Cristo para decirle cosas que no parecían referirse a ellos, por extraño que pareciera, porque en ningún momento les miraban ni les señalaban disimuladamente con la pera.
Estaban vestidos como cristo, todos iguales, con un jubón entre corto y largo atado de forma suelta con una cuerda en la cintura. Todo en un color arena que viraba del castaño claro hasta el casi celeste, por decir algo, muy parecido a un conjunto de colores descoloridos. Todas cosas que no venían a importar tanto como saber en donde carajo estaban y para qué habían sido traídos.
Se acercaron al grupo que charlaba. Eran gente bastante joven con miradas de bueno. Todos parecían buenos y más lo parecían cuando se les observaba detenidamente. Parecían ser más buenos que los buenos de la películas. Mucho más. Con la bondad que se les veía en cada detalle del rostro y de la postura del cuerpo y el movimiento de las manos. Ernesto se decidió.
-¿Nos podrían informar de dónde es que estamos?
Cinco voces contestaron:
-A Bur Na Bar.
-Y eso... ¿dónde queda?
-En Galilea.
-¿Año...?
-Según el punto de origen...
-¿Antes de Cristo...?
-...
Cristo al sentirse aludido quiso darles una mejor explicación.
-Yo soy el mismo que les ha visitado allá en el otro continente, salvo que soy otro, es decir... Ustedes han hecho un viaje hacia sus propios pasados... Es decir... Al pasado de ustedes y de mi mismo, que allá en vuestro tiempo les visitaré por un motivo que ahora no puedo saber porque todavía no ha ocurrido. ¡Sean bienvenidos!
-Te queríamos preguntar sobre dónde estábamos y ya nos han contestado pero seguimos sin saber para qué nos han traído...
Parecieron sentirse molestos a pesar de ser tan buenos. Con cierta indignación negaron terminantemente haber traído a nadie. Si acaso lo que habían hecho era recibirlos como enviados de uno de sus hermanos desde el futuro. Eran bienvenidos a la comunidad Esenia de A Bur Na Bar. Ya podían pasar al templo de la luz a cumplir con la ceremonia de recibimiento formal y de asignación de responsabilidades. A partir de ese momento pasarían a ser miembros plenos bajo un nuevo nombre que deberían adoptar.
Estaban bajo un malentendido y este Cristo parecía no hacerse cargo de las motivaciones del otro para haberles mandado... Porque.... ellos apenas se habían asomado el borde de lo que momentos antes había sido la línea exterior de la figura de Cristo, el de allá... y.. sin ninguna intención habían aparecido aquí..
-Suponemos que el Cristo Jesús de allá nos ha mandado...
-Claro... Pero... ¿Ustedes no fueron informados sobre las características de nuestra comunidad?
-En absoluto.
Los cuatro esenios miraron a Jesús con cierto aire reprensivo a pesar de saber que no era el joven Jesús responsable por lo que en el futuro el maduro Jesús pudiera llegar a hacer. Una ley de antigua determina que el flujo de responsabilidad viaja hacia el futuro, nunca hacia el pasado. Hoy se es responsable por lo que se hizo ayer. De lo que se haga hoy se será responsable mañana. Pero nunca al revés. Del mismo modo que las cosas calientes se enfrían hasta cierto punto y no más allá. Nunca se va a formar un cubito de hielo en el vaso de agua que se está tomando.
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miércoles, octubre 29, 2008
617. ESENIOS DE A BUR NA BAR
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viernes, mayo 30, 2008
544. Convidados con sopa
En cambio los pobres maquis otra vez andaban desparramados por esos andurriales del universo pluridimensional. Por las páginas incontables de los incontables tomos de aquella biblioteca del viejo Borjes donde todo está escrito, desde la guía telefónica del año 43, hasta el libro de doña Petrona C. de Gandulfo, pasando por todos los gregrés y los Gregorios que quieras. Insondable misterio. Que viene a querer significar, si significar quiere algo, que incontables también serían las distintas historia de una misma historia. La de Manuel por ejemplo, si aceptáramos bajo ese apelativo a todos aquellos que nacidos donde sea, tuvieren como madre a una tal Margarita, hija del viejo Abelardo Goiticoechea, y como padre a un negro mandinga del que poco más que eso se sabe.
Tarea imposible sería contar todas esas historia, al menos intentarlo de forma simultánea, en cambio, si no es abusar de tu paciencia, pido permiso para continuar con la que ya traíamos avanzada.
Se dijo antes, no por capricho irresponsable, sino por ser fiel a las versiones más recibidas, que los muchachos, luego de ser elevados con todo el cubo de realidad que les rodeaba -y contenía- probablemente habrían sido esparcidos al boleo hacia todos los puntos cardinales y ordinales posibles. Mas tal vez haya sido apenas una figura poética, o manera de decir, si acaso, que nadie supo hacía donde eran dirigidos, remitidos o tal vez sorteados. Como quien dice aun cosas más groseras, usando el lenguaje coloquial, en vez de expresar esa indefinición producida por la mera ignorancia. Cierto fue que en algo la imagen acertaba. A no ser Manuel, que apareció junto con Magdalena, en un mundo donde ellos no habían nacido, los otros, todos, cada uno por separado, cayeron de diferente modo en mundos distintos, presumiblemente distantes.
Manuel , de la mano con la flaca, aparecieron dentro del monte de pinos que en todos los mundos, hasta ahora ha habido frente a su casa. Parecía todo normal, el perro del Toba ladraba a una luna espectacular que navegaba entre deshilachadas nubes blancas. Los grillos cricriaban entre los pastos de la vereda. Una música lejana de cumbia sobrevolaba los pinos y a lo lejos, filtrado por millares de troncos, llegaba apenas el rumor sordo del tránsito de Gianastasio. Porque eso que zumbaba no era por cierto ningún oleaje rompiendo sobre quilómetros de costa, sino motores de explosión empeñados en arrastrar carromatos metálicos de todos los tamaños. Lo de siempre. Un mundo como cualquier otro, hasta quizá... No. No había que adelantarse a los hechos.
En la casita había luz... Cruzaron sin soltarse las manos y caminaron por el costado hasta ver por la iluminada ventana de la cocina hacia adentro... Sentada frente a la mesa y un plato de sopa con humo, había una mujer que... Era Margarita, sí. Mucho más avejentada, ojerosa, con sus bucles ajados y... pegados en las mejillas por... ¡lágrimas! Aquella mujer estaba llorando frente a su plato de sopa...
Quisieron llegar de todos modos, golpearon para ello las manos al frente, esperaron. Salió Margarita caminando como una anciana que arrastra las chancletas. Preguntó sin casi levantar la mirada, qué querían. Aguantó pacientemente los titubeos de Manuel y Magdalena, que uno a otro trataba de ayudar a salir de tan extraña situación de no ser reconocidos por un pariente tan cercano. Porque, de última, la mujer, ni siquiera encontró parecido en Manuel con nadie, cuando le preguntaron directamente sobre el punto. ¿Vecinos?, preguntó. Y después, ¿Parientes dicen...? ¿Parientes de quién? No tengo parientes, no tengo... Las lágrimas volvieron a aparecer desde los párpados hacia abajo sin que ella pareciera preocuparse.
-Pasen -dijo por fin dejando libre el camino- vengan, acompáñenme mientras tomo mi sopa. Explíquenme adentro a quien andan buscando...
-A nadie -apresuró Magda, empezando a sospechar la situación- es que solo... no tenemos donde pasar la noche.
Margarita detuvo su paso abruptamente, se dio vuelta hacia ellos y rápidamente bajó desde el gesto soberbio que había aparecido en sus facciones a una blanda y contemplativa mirada. Nada dijo por algunos segundos. Retomó la marcha y fue a sentarse en su silla.
-Pasen. Puedo convidarles con sopa..
En la olla quedaba justo para dos porciones. En la panera de plástico verde cotorra, tres glisines y una tostada. Arrimaron dos sillas. Margarita hablaba.
-Si hubiera tenido hijos serían más o menos de la edad de ustedes... Lo hubiera hecho. Ese fue mi gran error.
Magda se atrevió a consolar.
-Todavía es joven...
Margarita sonrio con apenas un dejo de tristeza, les miró otra vez.
-¿Ustedes son pareja?
Poco a poco la conversación se fue encausando y la necesidad de compañía y comprensión de la mujer saciando su sed. Nunca se había casado ni tenido alguna pareja estable. Había dedicado su juventud al cuidado de su padre viudo, un gran científico que acababa de fallecer en el más completo anonimato. Sueños, sí, Esos sueños locos que todo adolescente tiene, pero que, llevar a la practica muchas veces supone abandonar a los seres queridos para poder vivir la libertad sin cortapisas. Para ella todo había sido un par de aventuras furtivas, en tres o cuatro escapadas que hizo a Montevideo para los carnavales, y otras tantas en noches de luna sobre la playa. Sí, conocía el placer. Pero un placer salvaje, de fiera enjaulada, que un día escapa y salta fuera de la jaula. Pagado con semanas de culpa frente a su padre al que cebaba mate mientras construía sus grandes inventos.
-¡Qué idiota! ¡Toda mi vida he sido una idiota!
-Todavía está a tiempo...
-A tiempo sí mija, pero para algunas cosas... Para tener hijos ya no.
Tarea imposible sería contar todas esas historia, al menos intentarlo de forma simultánea, en cambio, si no es abusar de tu paciencia, pido permiso para continuar con la que ya traíamos avanzada.
Se dijo antes, no por capricho irresponsable, sino por ser fiel a las versiones más recibidas, que los muchachos, luego de ser elevados con todo el cubo de realidad que les rodeaba -y contenía- probablemente habrían sido esparcidos al boleo hacia todos los puntos cardinales y ordinales posibles. Mas tal vez haya sido apenas una figura poética, o manera de decir, si acaso, que nadie supo hacía donde eran dirigidos, remitidos o tal vez sorteados. Como quien dice aun cosas más groseras, usando el lenguaje coloquial, en vez de expresar esa indefinición producida por la mera ignorancia. Cierto fue que en algo la imagen acertaba. A no ser Manuel, que apareció junto con Magdalena, en un mundo donde ellos no habían nacido, los otros, todos, cada uno por separado, cayeron de diferente modo en mundos distintos, presumiblemente distantes.
Manuel , de la mano con la flaca, aparecieron dentro del monte de pinos que en todos los mundos, hasta ahora ha habido frente a su casa. Parecía todo normal, el perro del Toba ladraba a una luna espectacular que navegaba entre deshilachadas nubes blancas. Los grillos cricriaban entre los pastos de la vereda. Una música lejana de cumbia sobrevolaba los pinos y a lo lejos, filtrado por millares de troncos, llegaba apenas el rumor sordo del tránsito de Gianastasio. Porque eso que zumbaba no era por cierto ningún oleaje rompiendo sobre quilómetros de costa, sino motores de explosión empeñados en arrastrar carromatos metálicos de todos los tamaños. Lo de siempre. Un mundo como cualquier otro, hasta quizá... No. No había que adelantarse a los hechos.
En la casita había luz... Cruzaron sin soltarse las manos y caminaron por el costado hasta ver por la iluminada ventana de la cocina hacia adentro... Sentada frente a la mesa y un plato de sopa con humo, había una mujer que... Era Margarita, sí. Mucho más avejentada, ojerosa, con sus bucles ajados y... pegados en las mejillas por... ¡lágrimas! Aquella mujer estaba llorando frente a su plato de sopa...
Quisieron llegar de todos modos, golpearon para ello las manos al frente, esperaron. Salió Margarita caminando como una anciana que arrastra las chancletas. Preguntó sin casi levantar la mirada, qué querían. Aguantó pacientemente los titubeos de Manuel y Magdalena, que uno a otro trataba de ayudar a salir de tan extraña situación de no ser reconocidos por un pariente tan cercano. Porque, de última, la mujer, ni siquiera encontró parecido en Manuel con nadie, cuando le preguntaron directamente sobre el punto. ¿Vecinos?, preguntó. Y después, ¿Parientes dicen...? ¿Parientes de quién? No tengo parientes, no tengo... Las lágrimas volvieron a aparecer desde los párpados hacia abajo sin que ella pareciera preocuparse.
-Pasen -dijo por fin dejando libre el camino- vengan, acompáñenme mientras tomo mi sopa. Explíquenme adentro a quien andan buscando...
-A nadie -apresuró Magda, empezando a sospechar la situación- es que solo... no tenemos donde pasar la noche.
Margarita detuvo su paso abruptamente, se dio vuelta hacia ellos y rápidamente bajó desde el gesto soberbio que había aparecido en sus facciones a una blanda y contemplativa mirada. Nada dijo por algunos segundos. Retomó la marcha y fue a sentarse en su silla.
-Pasen. Puedo convidarles con sopa..
En la olla quedaba justo para dos porciones. En la panera de plástico verde cotorra, tres glisines y una tostada. Arrimaron dos sillas. Margarita hablaba.
-Si hubiera tenido hijos serían más o menos de la edad de ustedes... Lo hubiera hecho. Ese fue mi gran error.
Magda se atrevió a consolar.
-Todavía es joven...
Margarita sonrio con apenas un dejo de tristeza, les miró otra vez.
-¿Ustedes son pareja?
Poco a poco la conversación se fue encausando y la necesidad de compañía y comprensión de la mujer saciando su sed. Nunca se había casado ni tenido alguna pareja estable. Había dedicado su juventud al cuidado de su padre viudo, un gran científico que acababa de fallecer en el más completo anonimato. Sueños, sí, Esos sueños locos que todo adolescente tiene, pero que, llevar a la practica muchas veces supone abandonar a los seres queridos para poder vivir la libertad sin cortapisas. Para ella todo había sido un par de aventuras furtivas, en tres o cuatro escapadas que hizo a Montevideo para los carnavales, y otras tantas en noches de luna sobre la playa. Sí, conocía el placer. Pero un placer salvaje, de fiera enjaulada, que un día escapa y salta fuera de la jaula. Pagado con semanas de culpa frente a su padre al que cebaba mate mientras construía sus grandes inventos.
-¡Qué idiota! ¡Toda mi vida he sido una idiota!
-Todavía está a tiempo...
-A tiempo sí mija, pero para algunas cosas... Para tener hijos ya no.
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