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martes, mayo 29, 2007

311 LA CUEVA DE ABELARDO

Allí iban trepando aquellos pocos metros de terreno escarpado y pedregoso, observados tal vez muy de lejos por alguna pocas vacas distraídas, o algún teru teru desconfiado que anidara allá en el bajo. El silencio era abrumador, sólo atemperado por algún silbido que la brisa de cuando en cuando sacaba de las filamentosas hojas de las chilcas. El grito hiriente de aquellos mismos teros pero a lo lejos y los pasos propios que arrancaban pedruscos del declive poco acostumbrado a hacer las veces de camino. Junto a la boca de la cueva restaban algunos arbustos espinosos, con más frutitas rojas diminutas que hojas verdes para vestirse. Desnudos y empecinados a pervivir remoloneando los recuerdos de tiempos idos. Tal vez habría que saludarlos, al llegar uno a pararse frente a ellos que, aunque escuálidos y resecos, quién podría atinar a darles edad? Conocimiento de otras gentes, cuando esos campos no eran estancias y los amigos marrones acampaban a veces en la boca de la cueva.

Se dieron vuelta y miraron desde allí la playa hondonada que, surcada por algún hilo de agua se ponía a trepar ya la subida de otros cerros. Ese era el hogar. Estaban parados frente a la casa. La Cueva del abuelo Abelardo que había sido medio aficionado al alpinismo criollo como escenario apropiado para sus fantasías interplanetarias. Tuvieron que agacharse para pasar la puerta que en su parte media era más alta, justo donde ese promontorio, seguramente caído del techo -porque ahí faltaba un pedazo- impedía pasar. Obstruía pero por último quedaba bien allí para recostarse a él y mirar otra vez hacia fuera, la distancia del campo. En vez de hacia adentro, porque no se veía nada para adentro hasta que se fueron acostumbrando muy de a poco y observaron que aquello era un hermoso lugar con forma de carpa redondeada. Casi limpio, que ni telas de arañas tenía y un piso firme, horizontal y a penas ondulado. Daban ganas de quedarse oliendo eso imperceptible que estaba en el aire, en las paredes y pronto en ellos mismos que no habían parado de caminar acariciando las piedras que los rodeaban como el vientre de una madre. Se besaron. Se vieron pausadamente iluminados casi fosforescentes, como las piedras de las paredes que se habían vuelto. Seres de piedra marrón, amarronados de sol y de viento seco, todo el día…y a la noche negros de oscuridad nocturna.

Probaron de recostarse sobre las losas del piso…

(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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lunes, mayo 28, 2007

310 ZAPICAN MARLEY

Apenas Zafando los cerros chatos de la cuchilla, allí estaba ese pueblo que una vez Manuel visitara en contra de su voluntad, otra con el Cholo en vuelo de pruebas y otra, con la flaca cuando el proyecto revolucionario aun estaba en marcha. Tomando altura sintieron la columna vertebral de la cuchilla que seguía hacia el oeste tirándose de a poco para el sur. Cinco quilómetros eran una distancia como desde Shangrilá a Solymar pero ahora no iban en bicicleta… Buscaban una cueva que nunca habían visto sobre el costado de un cerrito blanco como todos los que habían allí abajo, verde seco por los lados y con una coronita de piedras como si fuera una vincha para sostener una cabellera que no estaba. Se imaginó el personaje, medio charrúa con su vincha y medio Bob Marley descolgando las rastas al modo de las palmeras que había allá abajo.
-¿De qué te reís?
-De un personaje que me imaginé saliendo de esa tierra, medio Bob Marley y medio indio Charrúa. Grandote y bastante bruto, así como para ser amigo de Mandinga.
-Y por qué Bob Marley?
-Y..yo qué se… El tipo tenía onda, viste. No digo tanto por ser negro, porque hay cada negro boludo! Pero… algo hay en nosotros, no se como explicarlo, que… Ahí está! Cuando dejamos de tener vergüenza de ser como nacimos… entonces el campo se nos hacer orégano. Nos damos cuenta de que también se nos admira. Que se nos mira más que a los blanquitos y que cuando nos movemos, como cuando estamos bailando bueno… las mujeres…
-Sos un negro vanidoso!
-Yo no me creo ni feo ni lindo. Es que me miran y piensan eso, Flaca.
-Ya se.
Dejaron la bola apoyada sobre el pasto de la ladera y arrimaron unas piedras para que no rodara. Habían llegado en medio de la charla y allí diez metros más arriba se abría aquella boca llorosa de la cueva que por tener un promontorio en el medio se le veía cono una u invertida y despatarrada. Oscura y enmarcada en cordones de piedras más que blancas plateadas por la costra de los líquenes que tenían adheridos. Dentadura postiza completa y casi cerrada que si uno ponía buena voluntad hasta capaz que estaba sonriendo una bienvenida.

(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

sábado, noviembre 11, 2006

122 - Beato Angélico.

Sonó el teléfono de Magda y ella con la boca llena de tortas contestó ycon sorpresa miró a Manuel a tiempo de decir el “sí, le paso” y enseguidapasarle el aparatito mientras vocalizaba en el aire una palabra que Manuel nocomprendió, en ese momento, sino cuando escuchó que una voz desde el otro ladodel eter le decía ser del licenciado Giorgionne.



Pedía perdón,-el licenciado- por interrumpir su vida privada, pero tenía que
trasmitirle la noticia de que al otro día a la misma hora y en el mismo lugar
iban a tener una reunión urgente por el acaecimiento de un hecho muy importante.
Habían recibido un mensaje. Si él ya estaba enterado, seguramente por parte de
Ernesto, entonces mejor, pero como se trataba de algo tan importante aprovechaba
para pedirle que no faltara.


-Es aquel doctor que te recomendaron…¡Te quiere ver de nuevo?



Manuel dejó pasar la pregunta, pensando que decirles que era por el tema de la
sociedad secreta era lo mismo que descubrir que Giorgionne era uno de los socios
secretos. En cambio tenía que decidir, pensando, cuál de sus aventuras en el más
allá contarles. No podía ser alguna complicada o atemorizante. Debía ser fácil
de comprender…por el Rulo que si no se le iba a disparar como caballo espantado
e iba a desmontar su jinete necio que todo lo niega. Pero no debía perder más
tiempo, la guerra se le venía encima y en cualquier momento se podían desatar
batallas sobre sus propias cabezas!


-Che. Les había prometido contar algo.

Rulo dejó de masticar y levantó las pupilas hacia Manuel con expresión de Beato
Angélico asustado. Magda, en cambio, apoyó la cola contra el borde del fogoncito
de la cocina y sin dejar de masticar se dispuso a oír.


La historia elegida fue la de los milicos torturadores de Rincón del Cerro, unpoco arreglada y podada de los detalles más fuertes. Como para los oídos delRulo. Destacó el comienzo en Lagomar ante los ojos del Cholo. El hueco que sehabía abierto en su camino y su traslado hasta el armario de los milicos. Lo delarmario dudó en contarlo, tan entupido parecía pero, si seguí quitando detallesterminaría no contando nada, así que siguió adelante pasando por elinterrogatorio con esa droga inyectada en las venas y la manera que habíaencontrado de dominar al estúpido que habían dejado de custodio y su huída por

la carretera hasta Montevideo. Por supuesto nada contó de su paso por la casilla
del Chumbo ni tampoco lo de su encuentro con la señora Fátima pero detalló
morosamente su segundo encuentro con el Pepe y su promesa de ayuda que se
concretó aquella tarde cuando llamó para pasarle el teléfono del Licenciado que
por fin lo atendió y dejó bien en claro que su mente no sufría de ninguna
alteración.


-Ustedes se han de acordar…


Chumbo soportó toda la historia con ojos desorbitados pero sin interrumpir. Sólocuando Manuel daba por terminada la historia preguntó cómo había vuelto.
-Pedaleando en la bici.

Manuel pensó en dejarlo así, pero arrepentido, agregó la historia de la bola
espejada y de su primer encuentro con El Etermauta, en su interior, cuando le
vió atontado y sentado en el suelo, sin fijar sus ojos en nada.