domingo, abril 22, 2012

881. En el auto del Alcalde

    Sorpresivamente Manuel preguntó si ellos podrían acompañarle en el auto. El Alcalde miró con expresión curiosa a Ernesto, como preguntando de quién se trataba el sujeto este que nunca había visto y que ahora salía del bosque como asaltante de cara descubierta., bien que acompañado de Cholo, un militante conocido de algún comité en alguna oportunidad.

-Soy amigo de Dengue- dijo Manuel como sacando a relucir el único documento que podría importar.

Ernesto les abrió la puerta trasera y les hizo entender que dejaran sentarse a Dengue entre los dos. Dengue no daba muestras de estar entendiendo mucho y por eso, probablemente,  temía que pudiera abrir la puerta en plena marcha.
Partieron dentro de un incómodo silencio. Vaya uno a saber por qué. Cada uno sacado de una historia distinta que se hubiera interrumpido bruscamente para salvar una vida, y que no iba a esperar mucho para continuar a su modo. Especialmente el Alcalde, quien por supuesto odiaba aquella vieja manera de hacer política pisando sobre una escalera de favores personales hechos o prometidos; sin encontrar, en la práctica otra manera de hacerla. Incómodo consigo mismo. Ernesto, porque sólo él sabía lo que había sentido una vez al cruzar su mirada con la de este muchachito que ahora intentaban salvar. Cholo por verse inmerso en los sutiles y engañosos métodos del poder. Manuel, porque le molestaba la incomodidad  de todos.

El auto avanzaba por callejas de balastro entre los pinos, sin levantar demasiado polvo, ni hacer demasiado ruido, ni heder demasiado a nafta. Como si fuera el de un turista que trata de identificar el solar que le han ofrecido en venta, que no encuentra por carecer todo de rasgos distintivos, carteles o nombres de calles. Desembocaron de pronto en el callejón y por ahí el auto buscó el rumbo del aeropuerto ahora a mayor velocidad, llenándose de pensamientos contradictorios, o al menos inconexos. Era una rara mezcla de buenas intenciones humanas con horarios de dentista, dudas existenciales y algunas pícaras ideas. Cada cual en lo suyo, estoicos funebreros incapaces de compartir un sentimiento.
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