sábado, febrero 13, 2010

787. El arco del bosquimano

Tanto daba si por de pronto no se le aparecía el otro yo a perturbar la calma como otras veces en escenarios por el estilo... Ahora se estaba alejando de aquel cultivo viviente de tejidos neuronales. Navegaba un espacio vacío, gris, indefinido. Una región silente y escasamente iluminada desde sí misma. Sin antorchas ni estrellas, ni luminarias de ningún tipo. Apenas iluminada desde sí misma. Tan tenuemente iluminada que allá en los confines parecía negra sin serlo, porque el vacío no tiene color, ni forma. Era otra vez la nada. Como al principio, pero esta vez en serio. La nada tenuemente iluminada por su autoconciencia. Que también la tiene como todo lo que existe, porque además, la nada existe, claro. Que de no hacerlo... Eso sería otra cosa. Ya no un espacio vacío o un tiempo vacío, o ambos. La no existencia ha de pertenecer a otra historia. En ésta, todas las cosas existen, y tienen conciencia de sí mismas al menos, sin necesidad por ello de pensar autorefiriéndose más que en lo estrictamente necesario.
Existo.
Le pareció bien la manera lacónica de expresarlo. Un escenario tan espantosamente gris no iría bien con un cartel escrito en francés. A la uruguaya. Existo. Aquella era una nada uruguaya. Un poquito monótona y tal vez aburrida, pero por cierto llena de otras virtudes inexistentes. Uruguayos campeones de américa y del mundo. Esforzados atletas que acaban de triunfar. ¿O acaso la música que ahora se entreveraba era otra vez la Marcha de Tres Árboles? No se le podía negar la belleza...

Abrió los ojos con la nuca apoyada sobre la falda de Magda... No se le podía negar la belleza. Ni la ternura que despertaba esa exacta colección de proporciones en otros lugares equivalentes. Sin manera de decirlo... Por qué no llamarlo amor?

Claro que tuvo que enderezarse en el asiento, todos le rodeaban con miradas como al náufrago tirado en la playa. Evidentemente su regreso había sido con bemoles. Se miró a lo largo de su casi total desnudez. Descubrió que llevaba enhorquetado en el hombro el arco de aquel joven bosquimano... Sus mismos pies y piernas, y ahora hasta sus manos de palmas rosadas y espaldas oscuras. Quiso hablar, pero sólo salían de su boca chasquidos que su lengua hacía cada vez que pensaba en una palabra. Se había transformado, es decir... se había traído el cuerpo del otro!

Bien que no fuera posible.

¿Pero y su verdadero cuerpo...?

Le interrumpió una horrenda catarata de sonidos que estaban brotando de la boca del mayor de los rockeros. Uy uy! La cosa se complicaba. No entendía lo que le estaban diciendo! Se había traído algo más que el cuerpo del bosquimano. Todo el sistema nervioso encargado de entender los textos y los sonidos.
A ver, a ver...
Él estaba pensando en español, por supuesto. ¿O no..? Acaso uno no piensa en el mismo idioma que habla? Cuando uno dice... Claro pero hay otro pensamiento por debajo del pensamiento que... no está diciendo nada! Uno piensa con las palabras lo que el de abajo le está diciendo de otro modo... algo sin sonido ni letras... que vendría a ser el verdadero pensamiento, o el que manda al pensamiento. El ser del tipo. El que sabe lo que quiere...
Bueno por ahí debía estar el corte que se le había producido. Justo entre medio del pensamiento hablado y el silencioso.
Él seguía siendo el mismo, por supuesto.
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