miércoles, julio 22, 2009

715. Juan Salvo

Para Manuel fue como entrar otra vez a la casa de su abuelo. Ese mismo olor a papeles viejos que caían desde los cuatro vientos que allí adentro no soplaban. Profusión de símbolos que remitían a otras épocas, el tíntero de cristal macizo sobre el escritorio, los lomos de cuero rojo de aquellos líbros del anaquel, la máquina de escribir Rémington, los... Pero eso especialmente que... se veía caminando hacia ellos desde la pared lateral! Nada menos que el mismísimo Juan Salvo enfundado en su traje de Eternauta, la cara sudorosa dentro de la máscara, y la nieve mortal cayendo afuera!

Ni que decir que decidió callar por el momento toda mención a los extraños encuentros que llevaba tenidos con el personaje, incluso retirar su mirada del cuadro, para llevarla a entretenerse en las otras muchas cosas que este antro, o tal vez templo del pasado, le tenía servido como un menú de pintorescos y variados sabores.

Miguel había arrimado otro de los sillones tapizados con gastadas hojas de cretona, a aquel en que él se había sentado sin esperar invitación. Ya le estaba hablando con su cascada voz que alguna vez habría sido sonora y bien entonada.

-Cuando somos jóvenes creemos en las cosas con una vehemencia tal, que muchas veces sin la menor mala intención terminamos forzando los términos de aquello que hemos sido testigos...

Había que cuidar las palabras.

-Usted sabe que las cosas no son lo que parecen ser. Usted es un estudioso de la ciencia.
-Es cierto,que la ciencia ha descubierto que la realidad es mucho más extraña que todo lo que pudimos imaginar, pero otra cosa es la fantasía, los fantasmas que nuestro temor ancestral a lo desconocido no hace ver en cada sombra que se mueve, o las maravillas que nuestra intuición descontrolada proyecta en la pantalla ancha del país de las maravillas..
-Cuando usted se reunía con mi abuelo, allá en la casa de San José de Carrasco pretendían construir un aparato volador que navegara a través de las dimensiones y el tiempo...
-Bueno... Es lo que te digo, éramos todavía bastante jóvenes, el entusiasmo nos impedía ver que nuestros conocimientos no eran más que meras especulaciones...
-Pero abuelo llegó a construir un aparato que cuando murió estaba casi a punto de funcionar, -arriesgó Manuel.
-¿Un aparato...? Ah, sí... Pero... Apenas pretendía con el recibir algún tipo de señales... Nunca funcionó, no señor. Lo que hizo fue crearle una deuda de energía eléctrica que no se si llegó a poderla pagar...
-Más que señales quería recibir mensajes... y también enviarlos...

Miguel pestañeó varias veces.

-...especialmente enviarlos.

Ahora Don Miguel suspiró al volver su mirada hacia Manuel, como si le quisiera envolver con un manto de triste y dulce cariño.

-Eran ideas muy lindas pero no eran realistas...
-Yo soy la respuesta a esos mensajes que querían mandar.
-¿Respuesta...? ¿Cómo... respuesta?
-Después le explico. Ahora le quería preguntar por Oesterheld. ¿Usted también fue su amigo, se escribían cartas?

El viejo no pudo evitar que su mirada reconociera el cuadro de la pared.

-No. El que le escribía con Oesterheld era tu abuelo... Se conocían personalmente...
-Bueno le puedo decir que ellos dos... Siguieron adelante con esos inventos: los perfeccionaron.
-Pero, no. A Oesterheld lo asesinaron los milicos del proceso antes de que vos nacieras.
-Usted sabe que el tiempo también es relativo. No es el mismo en todos lados ni trascurre de la misma manera....
-Estás desvariando.
-No, estoy hablando de mundos paralelos. Ellos me llevaron allí. Ellos no están muertos...

Don Miguel se levantó bruscamente como si tuviese que recoger algún libro de la biblioteca. Ya de espaldas dificultosamente balbuceo:

-Tonterías...







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