martes, julio 14, 2009

711. Nauseas

Qué otra cosa podría ser ahora que alguna banalidad tipo Testigos de Jehová en pro de compartir sus libritos, algún vendedor de pañuelos, o de buñuelos o de enciclopedias en cuarenta tomos y quinientos cincuenta fascículos? Tanto daba. De todas formas una manera de zafar de las pálidas y volver al mundo de las realidades inofensivas.
Por eso fueron los dos al encuentro del misterioso ente que el timbre seguía pulsando con porfía, allá en el portón ancho del jardín, donde la entrada al garaje sobre la hilera de losas de granito gris se cruzaba con la entrada lateral de la cocina, aunque el pasto desprolijamente crecido estuviera todavía confundiendo los caminos.
Era un hombre de traje. (Que vestía un traje.) Corbata gris y tela gris con un dejo perlado hasta un par de zapatos de lustre impecable...

¡Pero no mires su rostro Manuel! ¡Que no lo mires te había dicho! Pero lo miraste. Y palideciste al instante con flojedad de piernas temblorosas porque advertiste enseguida conocer esos ojos de acero inoxidable y esa tez tan incolora, aunque perfecta, conjuntados en la expresión más inocuamente amable que puede mostrar una estatua de sera o el rostro de tu viejo conocido, don Douglas Domenech, más conocido como el ángel gris, o simplemente Dow.

Claro. Entonces se retorcieron tus entrañas como intoxicadas de plaguicidas agrícolas, y te tartamudearon los labios como a un niño atemorizado y se te aflojaron no sólo las piernas sino, por qué no decirlo, hasta tus mismísimos esfínteres.
 Pobre Manuel. Allí, de pronto enfrentado a aquello mientras las imágenes mentales se precipitaban a esa velocidad que genera apariencia de movimiento, y las razones explicativas también. No se trataba por supuesto del mismísimo Dow que aquel día el Chumbo dijo haber matado en defensa propia mediante una ráfaga de sesenta y cinco balas (La primera de las cuales exactamente entre los dos ojos)  No. este era el Douglas Domenech de este mundo y estaba tocando timbre justo frente a ese portón porque buscaba al señor Ferrari, su socio. Lo acababa de decir, mientras al otro lado de la calle de balastro un coche gris de cristales polarizados, ronroneaba su motor obediente.
Rulo fue sintético:

-Ferrari no está y no sabemos cuando vuelve... Quince días tal vez. Nosotros somos pintores.

Manuel no pudo sostenerse sobre las piernas mucho más que apenas entrado a la casa. Quería vomitar lo que aun no tenía en el estómago. Temblaba sin poder articular palabra.

-¿Y ahora qué...?


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