Ese era Cholo. La fuerza del pensamiento retratada en un rostro oscuro de esos que a los blancos les parece tosco. Mandíbulas anchas provistas de buenas muelas. Cejas rectas siguiéndose mutuamente la línea. Ojos, tal vez pequeños, casi escondidos en lo alto para desde allí escrutar.
Con eso basta.
Por supuesto que de seguir la esgrima de los argumentos tendría siempre nuevas maneras de atajar los golpes, pero...
-Pero sin embargo vos sos anarquista. No lo haz de considerar imposible...
-Todos tenemos alguna fe. No me hago ilusiones, pero, tampoco puedo renunciar a mis ideas.
-¿Y si yo te dijera que...
-¿Que qué?
-...que dentro de poco el anarquismo va a ser la idea de todo el mundo?
-¿Por qué se te ocurre eso?
-Eh, digamos... una premonición...
-...
No se dejaba seducir. Siempre había sido así.
-Fijate si no, en que la gente de todos los países cree cada vez menos en los políticos. Lo dice hasta la televisión. Dentro de poco ya no querrán votar más a los diputados ni aunque les prometan un puesto público. Sólo falta que vean que hay una manera de no tener que alimentar a todos esos vivos. Terminar con los representantes.
-No se si eso es tan nuevo. Los reyes y los políticos siempre fueron ladrones y engañadores. La gente siempre lo supo pero se sentían amilanados por el poder. No se atrevían a desafiarlo a cara descubierta. Hacían pequeñas trampas cuando creían que nadie les veía. Ahora también. Nadie cree en la justicia del modelo, pero le considera el único posible. Simplemente que ahora el estilo de los medios es más informal, te preguntan hasta por el color de los calzoncillos.
-Eso era así hasta ayer. Ahora ya...
-¿Qué cambió, ahora?
-No sé... Pero estoy seguro que...
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martes, mayo 12, 2009
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lunes, enero 05, 2009
642. Historia Conocida
A Manuel que no le vinieran con esos argumentos timoratos. Bien sabía que cuando la gente se decide a cambiar, cambia, y que cuando no, no hay diablo que las haga hacerlo. Lo sabía por la experiencia de su mundo y por los horribles paisajes sociales que había visto en otros de esos paralelos, donde la gente se estaba volviendo cada vez más conservadora. No podía usar esa experiencia para la argumentación pero...
-¿Acaso no se estaban quejando del gobierno porque no hace los cambios acordados...? ¿No será que ellos simplemente representan a gente que ya no cree en la necesidad de cambiar nada?
De ninguna manera podía Ernesto Federico aceptar que este muchacho casi imberbe le viniese a cuestionar una trayectoria de veinte años de militancia a su puro costo. Él bien hubiera podido seguir siendo un empresario exitoso de los que duplican el capital cada diez años sin preocuparse por la suerte de las mayorías ni mucho menos de las paupérrimas minorías. Claro que quería los cambios, pero hechos pausadamente para no producir ningún quiebre económico que deviniese en menos trabajo y más pobreza. Se quejaba de que ni aun los cambios mínimos, conducentes a una mayor distribución de la riqueza... ¡Ni eso siquiera! Pretendía al menos que la carga de los impuestos cayera sobre las clases pudientes y las compañías multinacionales que ahora estaban siendo exoneradas.
-Eso es mentirse a uno mismo. Si no rompés con el sistema, el sistema mismo te vuelve a tragar. El poder debe ser devuelto a la gente.
Cholo intervino pero con repentinos tartamudeos que hasta gracioso dejaba su esfuerzo por estar de acuerdo y al mismo tiempo terciar en pro de la momentánea conveniencia de un poder representativo que volviera más coherente las primeras etapas del cambio social.
-Sí, esa es la etapa en que están los políticos del gobierno. La segunda es cuando exigen más pòder para poder hacer algo. La tercera cuando deciden permanecer sin hacer nada porque la situación ha cambiado. La cuarta cuando un grupo de tipos decide fundar un nuevo partido de izquierda que inmediatamente es tildado de terrorista... y así. ¿Conocen esa historia?
La reunión se disolvió. Vittorio se metió divertido en el sidecar de la moto, Cholo en el asiento trasero y Ernesto, aun con el gesto crispado, se encasquetó aquellos extraños anteojos bisagrados de piloto de la segunda guerra, y pateó el pedal del arranque con forzada virilidad de cowboy.
-Chau, nos vemos en el comité, -saludó Cholo.
-Mañana a las cuatro en el consultorio, -recordó Vittorio.
Ernesto no dijo nada.
Al alejarse el pistoneo, Manuel se dió vuelta con la mano sobre el hombro de Magdalena para volver al interior de la casita. Ya se cerraba la noche. Dengue debía comer algo más junto con su remedio, y ellos... tal vez recién reflexionar sobre la responsabilidad adquirida de haber constituido una familia bastante atípica.
-¿Acaso no se estaban quejando del gobierno porque no hace los cambios acordados...? ¿No será que ellos simplemente representan a gente que ya no cree en la necesidad de cambiar nada?
De ninguna manera podía Ernesto Federico aceptar que este muchacho casi imberbe le viniese a cuestionar una trayectoria de veinte años de militancia a su puro costo. Él bien hubiera podido seguir siendo un empresario exitoso de los que duplican el capital cada diez años sin preocuparse por la suerte de las mayorías ni mucho menos de las paupérrimas minorías. Claro que quería los cambios, pero hechos pausadamente para no producir ningún quiebre económico que deviniese en menos trabajo y más pobreza. Se quejaba de que ni aun los cambios mínimos, conducentes a una mayor distribución de la riqueza... ¡Ni eso siquiera! Pretendía al menos que la carga de los impuestos cayera sobre las clases pudientes y las compañías multinacionales que ahora estaban siendo exoneradas.
-Eso es mentirse a uno mismo. Si no rompés con el sistema, el sistema mismo te vuelve a tragar. El poder debe ser devuelto a la gente.
Cholo intervino pero con repentinos tartamudeos que hasta gracioso dejaba su esfuerzo por estar de acuerdo y al mismo tiempo terciar en pro de la momentánea conveniencia de un poder representativo que volviera más coherente las primeras etapas del cambio social.
-Sí, esa es la etapa en que están los políticos del gobierno. La segunda es cuando exigen más pòder para poder hacer algo. La tercera cuando deciden permanecer sin hacer nada porque la situación ha cambiado. La cuarta cuando un grupo de tipos decide fundar un nuevo partido de izquierda que inmediatamente es tildado de terrorista... y así. ¿Conocen esa historia?
La reunión se disolvió. Vittorio se metió divertido en el sidecar de la moto, Cholo en el asiento trasero y Ernesto, aun con el gesto crispado, se encasquetó aquellos extraños anteojos bisagrados de piloto de la segunda guerra, y pateó el pedal del arranque con forzada virilidad de cowboy.
-Chau, nos vemos en el comité, -saludó Cholo.
-Mañana a las cuatro en el consultorio, -recordó Vittorio.
Ernesto no dijo nada.
Al alejarse el pistoneo, Manuel se dió vuelta con la mano sobre el hombro de Magdalena para volver al interior de la casita. Ya se cerraba la noche. Dengue debía comer algo más junto con su remedio, y ellos... tal vez recién reflexionar sobre la responsabilidad adquirida de haber constituido una familia bastante atípica.
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martes, diciembre 16, 2008
635. Necesidad
Recién cuando llegaban frente a la entrada de álamos se dieron cuenta de haber sentido lejanos jirones de gritos y volvieron las miradas atrás. Se extrañaron de ver aquella figura conocida, el licenciado psicólogo, apeado a la condición de transeúnte sudoroso que, arrastrando un paso desparejo, agonizaba en el intento de aproximárseles.
¿Habrían tal vez, olvidado algún requisito importante de la burocracia? Formulario estúpido, carnet de asistencia... sacar un número para ser atendidos...? ¿Se habrían traído sin querer alguna pertenencia del consultorio? O quizá tendrían que haber pagado algo por los servicios...
-Muchachos...
-¿Pasó algo malo?
-No, nada. Me olvidé de pedirles la dirección para traerles esos remedios que van a precisar...
No llegaba a ser una mentira, pero.
-¿Traernos...?
-Sí. Hay un farmacéutico que dona remedios para estas cosas.
-¿El de la farmacia del puente?
-...si...
Era natural que fuera Miguel. Aun considerando las posibles diferencias, si en un mundo era un anarquista revolucionario, en este otro, por lo menos, una persona solidaria con las víctimas del sistema.
Pero se habían detenido todavía con Dengue colgado de los hombros de Manuel como un poncho puesto hacia un lado, mientras la pequeña casa les miraba tras los álamos, con su ventanas desparejas y sus paredes blanqueadas.
-Tenemos que entrar para que Dengue descanse y preparemos comida.
Entraron. Llevaron a Dengue hasta la cama y le decían que tratara de descansar mientras preparaban comida y arreglaban las cosas para que estuviera cómodo, cuando él pidió con urgencia para ir al baño. Claro que sin firmeza en las piernas como para poder hacerlo solo.
Manuel le llevó, le ayudo a bajarse los pantalones y a sentarse, mientras ambos olían la miserable mugre que cubría su intimidad y sólo Manuel se avergonzaba. Dengue, en cambio, absorto en su temblor, defecó mediante violentos pujos, varios chorros de jarabe pestilente
¿Habrían tal vez, olvidado algún requisito importante de la burocracia? Formulario estúpido, carnet de asistencia... sacar un número para ser atendidos...? ¿Se habrían traído sin querer alguna pertenencia del consultorio? O quizá tendrían que haber pagado algo por los servicios...
-Muchachos...
-¿Pasó algo malo?
-No, nada. Me olvidé de pedirles la dirección para traerles esos remedios que van a precisar...
No llegaba a ser una mentira, pero.
-¿Traernos...?
-Sí. Hay un farmacéutico que dona remedios para estas cosas.
-¿El de la farmacia del puente?
-...si...
Era natural que fuera Miguel. Aun considerando las posibles diferencias, si en un mundo era un anarquista revolucionario, en este otro, por lo menos, una persona solidaria con las víctimas del sistema.
Pero se habían detenido todavía con Dengue colgado de los hombros de Manuel como un poncho puesto hacia un lado, mientras la pequeña casa les miraba tras los álamos, con su ventanas desparejas y sus paredes blanqueadas.
-Tenemos que entrar para que Dengue descanse y preparemos comida.
Entraron. Llevaron a Dengue hasta la cama y le decían que tratara de descansar mientras preparaban comida y arreglaban las cosas para que estuviera cómodo, cuando él pidió con urgencia para ir al baño. Claro que sin firmeza en las piernas como para poder hacerlo solo.
Manuel le llevó, le ayudo a bajarse los pantalones y a sentarse, mientras ambos olían la miserable mugre que cubría su intimidad y sólo Manuel se avergonzaba. Dengue, en cambio, absorto en su temblor, defecó mediante violentos pujos, varios chorros de jarabe pestilente
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