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domingo, marzo 01, 2009

661. Daño Cerebral

Santo remedio. A los pocos instantes Dengue dejaba de convulsionar, pasando a un estado semi vegetativo, liso y anodino como una carretera sin tránsito. A Manuel no le pareció bueno.

-Si usted lo plancha de ese modo cómo puede llegar a saber lo que le pasa?

Bermúdez torció la curvatura de sus mofletes.

-Pshhhh.

Claro el pobre tipo ignoraba que pudieran existir realidades distintas a la realidad que todos los días enfrentamos cuando abrimos la ventana del dormitorio. Que hubiesen otras ventanas -quién sabe cuantas- que abrieran sus hojas en otras direcciones, dimensiones, universos..

-Si escuchara su historia podría saber cual es la ayuda que precisa.
-Tení­a convulsiones y estaba delirando.
-¿Y cuál será la causa de las convulsiones...?
-Daño cerebral.
-...Y qué significan los delirios...
-¿Será necesario que se le explique a alguien todaví­a que un delirio es un delirio, una serie de imágenes generadas por un cerebro confundido y enfermo?
-Yo podría ser nada más que un delirio de su mente...
-¡Pamplinas! Me tengo que retirar.

Salieron primero Bermúdez con Ernesto hacia el caserón y el pequeño garaje de la Harley con sidecar para que sentara en él sus reales el Dr. Bermúdez, con bastante más pompa que elegancia, no sin antes detenerse ambos al costado del vehí­culo a intercambiar consignas remarcadas ritmicamente por el índice del médico que subí­a y bajaba rosando la barriga del dueño de casa.
Partieron.
Enseguida, y luego de que la enfermera les explicara que Dengue, por lo menos iba a dormir durante las próximas 6 u 8 horas, Manuel y Magda recordaron que tení­an una casa que les esperaba, y un plato de comida y una cama.
Partieron también, caminando las mismas mismas calles, a pasos bastante largos, aunque elásticos, de niños jugando al gigante, porque se sentí­an de golpe contentos de volver a... un lugar que aunque no fuera el mismo para ambos, si se invirtieran los papeles nadie encontrarí­a la diferencia. Pero además... Y esto no es algo sin importancia. Magda sin proponérselo había ya cruzado el lí­mite del baile propuesto por Manuel, y tomaba por verdadero todo aquello que un dí­a antes veí­a como un disparate.
Por eso el oscurecimiento progresivo del cielo y las nubes parecieron adecuados manejos de iluminación para ahondar en los sentimientos de los personajes. Una terráquea de ley que un dí­a descubre que su compañero cree ser un extraterrestre. Y un exiliado del multiverso que ha venido a caer en estas desoladas costas.

martes, diciembre 16, 2008

635. Necesidad

Recién cuando llegaban frente a la entrada de álamos se dieron cuenta de haber sentido lejanos jirones de gritos y volvieron las miradas atrás. Se extrañaron de ver aquella figura conocida, el licenciado psicólogo, apeado a la condición de transeúnte sudoroso que, arrastrando un paso desparejo, agonizaba en el intento de aproximárseles.
¿Habrían tal vez, olvidado algún requisito importante de la burocracia? Formulario estúpido, carnet de asistencia... sacar un número para ser atendidos...? ¿Se habrían traído sin querer alguna pertenencia del consultorio? O quizá tendrían que haber pagado algo por los servicios...

-Muchachos...
-¿Pasó algo malo?
-No, nada. Me olvidé de pedirles la dirección para traerles esos remedios que van a precisar...

No llegaba a ser una mentira, pero.

-¿Traernos...?
-Sí. Hay un farmacéutico que dona remedios para estas cosas.
-¿El de la farmacia del puente?
-...si...

Era natural que fuera Miguel. Aun considerando las posibles diferencias, si en un mundo era un anarquista revolucionario, en este otro, por lo menos, una persona solidaria con las víctimas del sistema.

Pero se habían detenido todavía con Dengue colgado de los hombros de Manuel como un poncho puesto hacia un lado, mientras la pequeña casa les miraba tras los álamos, con su ventanas desparejas y sus paredes blanqueadas.

-Tenemos que entrar para que Dengue descanse y preparemos comida.

Entraron. Llevaron a Dengue hasta la cama y le decían que tratara de descansar mientras preparaban comida y arreglaban las cosas para que estuviera cómodo, cuando él pidió con urgencia para ir al baño. Claro que sin firmeza en las piernas como para poder hacerlo solo.
Manuel le llevó, le ayudo a bajarse los pantalones y a sentarse, mientras ambos olían la miserable mugre que cubría su intimidad y sólo Manuel se avergonzaba. Dengue, en cambio, absorto en su temblor, defecó mediante violentos pujos, varios chorros de jarabe pestilente