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jueves, diciembre 11, 2008

633. Vení conmigo

Mientras las palabras de Dengue todavía resonaban el pensamiento de Manuel se disparó hacia contrarios rumbos pretendiendo de golpe encontrar soluciones posibles y realistas a la encrucijada de un amigo que le pide ayuda para matarse. Nunca había gustado de dar consejos ni recibirlos, pero, le estaban pidiendo ayuda. Para seguir muriendo, tal vez, porque decía Dengue que ya era tarde, que de no serlo... Claro, su inteligencia todavía funcionaba. Era totalmente conciente, solo que pesimista. No estaba queriendo morir, lo creía inevitable. Pensó en cargarlo aún en contra de su voluntad, pero no debería dejarle solo... Llevarlo a la policlínica donde tendrían contacto con alguna organización de ayuda... No. Dengue confiaba en él. Tal vez sólo en él...
Le ayudó a pararse de nuevo, y al hacerlo observó las frágiles muñecas de sus manos crispadas en el esfuerzo de no soltarse, su vieja piel oscura de siempre, reseca, casi brillante, y el recuerdo de aquella hilera de eucaliptos entre cuyos troncos se le veía pasar acarreando tachos de comida para los cerdos, mientras en la otra cuadra gritaban su algarabía el resto de los muchachos del barrio que jugaban a la pelota.

-Vení conmigo...

Fue como llevar un liviano manojo de ramas que amenazaran desparramarse y que además fueran, contra toda lógica, el envoltorio de un ser conciente y sensible. Nada preguntaba ya, tomado con ambas manos de los hombros de Manuel. Pisando apenas, cuando no se le retrasaba el pié, temblando, apretando las mandíbulas, confiando...

Entraron sin preguntar al consultorio donde el licenciado Giorgionne tomaba el último sorbo de un café que ya se había enfriado. Colocaron a Dengue sobre un sillón y encararon al profesional. Necesitaban información sobre la mejor manera de sacar al amigo del estado en que se encontraba. No había tiempo para perder. Pasta base. Hablemos claro. No se trata de un estúpido. Ni de un vicioso por placer. Primer paso, ya.
No, alternación en una colonia, no.

-En mi casa, yo me hago cargo, es mi amigo.

Giorgionne entonces, se puso a decir todo lo que sabía sobre el tema. Se sentía impelido por una extraña voluntad que poco se importaba por las limitaciones que su profesión le marcaba. Con sinceridad enumeró todas las dificultades que un caso así presentaba y que presentaría a lo largo de un doloroso y difícil proceso. Pero también expresó su entusiasmo por el efecto positivo que sin duda produciría el mantenimiento de un compromiso tan personal.

-Yo no debería estar diciendo lo que digo pero... -miró entonces los tristes ojos de Dengue- Si vos querés salir de esto, con la ayuda de tu amigo lo vas a lograr.

martes, marzo 25, 2008

497, Sobre la mesa de los tests

No pudo oscilar demasiado en el devaneo, allí se estaba asomando Vittorio con su nariz rectilínea y su incipiente calva. ¿Sería correcto preguntarle de improviso por su madre... compañera suya...? O mejor esperar a conocer con cual locura le salía el pobre...
Ya le estaba mirando con interrogación, venía hacia los vidrios, aunque serio, como si no le conociera. Trato Manuel de abrir la puerta que parecía estar trabada. Se afirmó en el mismo momento en que Vittorio alargaba sus cinco dedos para tomar el picaporte y tal vez preguntarle qué venía a hacer. Se destrabó la hoja y con entusiasmo incontenible fue la madera a golpear la mano del licenciado quién contuvo apenas una puteada.

-Venías por alguna consulta?
-Nooo...
-...
-Quiero decir que... ¿Es que no te acordás de mi?!
Vittorio tartamudeó un poco poniéndose colorado. No gustaba de reconocer que era sumamente distraído, olvidadizo y poco fisonomista.
-No se... Me resultás conocido pero no logro ubicarte.
Ahora la única duda de Manuel era el método a utilizar. Si el sistema de shock de evidencias apresuradas que no le dieran al sujeto tiempo para elaborar pretextos o... Lo que venía pensando en el camino... Darle largas al asunto para...
-Si querés pasá y me explicás qué querías decirme... Estoy desocupado en este momento...
Una vez adentro del consultorio Manuel decidió largarse al agua. No quiso sentarse y en cambio fue hasta frente de la mesa que la otra vez le había servido de base para los guijarros. Giró en redondo y se puso a hablar.
-Hace dos años vine aquí.Todos decían que estaba loco porque recordaba un viaje al pasado y a otros mundos donde los personajes de las historietas andan por la calle. Que yo mismo había sido dibujado en una tapa de Hora Cero y que el Pepe Mujica saltaba en una pata para no caer dentro de los agujeros... ¿Te acordás de las hachas celtas...? Cuando giraban para un lado y después cambiaban el sentido...?
Vittorio dudó. Caminó unos pasos e intentó encontrar algo dentro de su enorme y desprolija agenda.
-No no me apuntaste en ese libro. Me dijiste que no estaba loco y te pusiste a jugar con las piedras...Me acompañaste hasta ese lugar y cuando abrimos la puerta para salir...¿Qué paso, eh? ¿Que nos paso?
Maquinalmente Vittorio respondió como un eco.
-¿Si...qué nos pasó?
-Que nos raptaron, boludo ! ¿No te acordás...? Una nave enorme con un
salón como de cine, lleno de hileras de asientos... Una nave que no era de este mundo, llena de gente...
-Cómo te llamás...?
-...bueno. Ahora estás pensando que sí estoy loco, claro, era para ver si lograba hacerte acordar de algo, pero... Ya se que para quién no recuerda haber visto algo raro, el que lo recuerda es un loco. Un raro... Y tu profesión es de que uno se olvide de las rarezas. Sin embargo yo se cosas de tu vida que, si no te conociera, no las podría saber.
Le sopetó todo a boca de jarro sin dejar de sonreír, a pesar de que la calma de Vittorio era olímpicamente divina. Un profesional que descansaba ahora el trasero sobre la mesa de hacer los tests, mientras curtiendo la suavidad de las ondas alfa registraba el general panorama de lo que estaba escuchando. Sin perder el hilo, naturalmente, sino que el campo visual de su atención se extendía un tanto hacia los lados, aquellos detalles de la inflexión de la voz en las distintas palabras y el lenguaje postural que el sujeto venía desarrollando. Su fórmula de trabajo. O sea la de la mínima intervención, para no alterar la naturalidad de la información recibida, y, de paso para no reconocer que solía estar más perdido que Adán. Para actuar y tratar de ejercer influencia se necesitaría tener la certeza del significado de la palabra salud y de las posibles consecuencias de la mejor intervención... la menor...
-Bueno... Preguntame a ver si conozco cosas de tu vida...
-Mejor... Contame qué es lo que sabés de mi.
-Que te llamás Vittorio Giorgionne. Vittorio con dos tes, como los italianos, y Giorgionne también, que una vez me contaste que eras descendiente de un gran pintor de hace siglos.
La voz de Giorgionne fue emitida con vibración pareja y blanda. No puso objeción a la certeza de lo que había escuchado, más bien daba ánimos a continuar.
-Te tocó trabajar aquí en Lagomar porque,...bueno, no me acuerdo... aquí vine yo, cuando parecía que estaba loco... pero, claro -Manuel se sintió contrariado- Vos no te acordás de mí. Voy a contarte todo lo que no tenga que ver conmigo. A ver... Que tenés casa en Montevideo, tu mujer es escribana, que tenés un hijo casi de mi edad y que en una vitrina de tu living hay un acha celta que...
-¿Hacha celta...? -casi con piedad preguntó.
-Sí, las que giran para un lado y después para el otro... ¿La tenés todavía?
-No... Nunca he tenido una... ¿cómo son?
-Con forma de huevo, más o menos.
-¿Pero son hachas...?
-Sin filo.
-¿No se usan para cortar?
-No se para qué se usan, pero son muy antiguas... y giran para un lado y para el otro.
-?Y a vos qué te hace pensar eso...?
-Nada. Son así, aunque a uno le parezca raro. Pero son reales, existen!
-Y... cuando se le termina el giro para un lado, qué es lo que las empuja en el ocontrario?
Manuel se rió.
-Será el sentido de la justicia, del equilibrio...
-Ah... ¿tienen sentido...? ¿Conciencia...?
-Y... de alguna forma... todas las cosas tienen conciencia... me parece.