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miércoles, febrero 18, 2009

658. Atrapado sin salida

-Sí, pero estoy atrapado, Manuel! Entendeme, sólo por momentos puedo llegar a la palabra... ahora ya...
-Te vas a recuperar...
-No... ¿Qué...?
-Que te vas a recuperar y volveremos a nuestro mundo.
-Necesito un faso, conseguime, Manuel... ¿Qué decías?
-Que volveremos.
-¿A dónde ? Conseguime algo amistad. ¿O no somos amigos?

Manuel le sacudió por los hombros.

-No podés. Entendelo! Te está matando. Decime, a ver, concentrate... ¿Cómo llegaste aquí?
-Ustedes me trajeron. Ja- Amistad, ¿Sale un peso pal vino? Energía ¿Que onda...? Estoy fisurado!
-No, acordate, estábamos hablando del otro mundo, el nuestro. El de la caverna y las bolas, ¿te acordás...?
-No... todo mal. ¿De qué hablás? ¡Te estoy pidiendo pa fumá, chavón! Una energía.
-No, Dengue! Acordate. La caverna. A ver, acordate de la caverna y de las bolas que aterrizábamos ahí... ¿Te acordás?
-No chavón. Estoy enterrado. Cada vez peor...Sí, Manuel me acuerdo, ayudame a salir... un peso pal vino, me das o me conseguÍs pa la lata no me abandones, hermano...

Vino la enfermera con la píldora y esperó a que Dengue terminara de toser. Dengue se la tragó.

-Todavía no puedo salir. ¿Entendés? Estoy encerrado aquí...Ja, me quieren hacer dormir, pero es lo mismo, cuando despierte voy a estar más fisurado, chavón!

Magda, entendiendo que eran dos los que hablaban, se acercó con más curiosidad que miedo. Manuel le quiso explicar.

-Le está pasando lo mismo que a mí. Pero él se complicó con la pasta... No sé por qué.
-Parece que fueran dos personas distintas -murmuró Magda sin lograr ocultar las palabras a Dengue.

-No, flaca, soy el mismo de siempre pero... ahora ya está. Ya está, entendés? Ahora fumo de la lata y ya está... Porque si no... Me parece que el otro me quiere matá, entendés. Me quiere matá.
-¿Quién?
-El otro. Ese que no puedo ver. Se viene a traición y me tira pal pozo. ¿Ustedes lo ven?

Manuel se golpeó la frente con una mano.

-Está metido uno adentro del otro! -le sacudió otra vez- ¡Dengue, escuchame, pará! No trates de seguir! Tenés que dar marcha atrás!

Dengue le miró con callado temor. Ni siquiera intentó confirmar lo que creía haber entendido de los extraños gritos que su amigo daba como para ser escuchado desde el fondo de un pozo. No era necesario. Llevaba varios días luchando contra esa sombra que trepaba en la oscuridad las barrancas de su propio abismo.

-Vos lo conocés? Se llama igual que yo...?

Se sintieron conversaciones en el jardín. Era Ernesto que volvía con un señor pelado, seguramente el médico.


lunes, febrero 09, 2009

655. Toguna

Lo extraño del caso fue que Dengue aceptó irse a la casa de Ernesto. Lo hizo prolongando su mirada en aquella silenciosa dirección entre los pinos. No se veían desde allí las cuatro aguas del alto techo de tejas sobre el mirador de los Dogones. Pero se adivinaban, acompañados de altos cipreses y grisáceos cedros que ocultaban un trasfondo de castaños, peros y membrillos, apenas asomados sobre el borde del muro de ladrillos vistos. Tal vez recordara algo agradable de sus trabajos en esa finca.Tal vez sólo la fantasía de pertenecer por una vez a un paisaje tan de postal vendible. Tal vez... vaya uno a saber...
Fueron todos tras la moto de cuyo sidecar asomaban pendulantes las patas flacas y los championes rojos de Dengue, en oposición a su máscara humana que parecía, a pesar de todo, suficientemente quieta y seria como para una fotografía documental.

Atravesaron el viejo portón, aquí mejor restaurado que en otros mundos, y pasaron al fondo, tras el antiguo casco de la residencia, donde Ernesto había hecho construir toda una casa nueva con las obvias comodidades de hoy, pero con gruesos muros de adobe y techo de quincho.
Su madre estaba allí, diminuta y encorvada. Entre plisadas arrugas pequeños ojitos miraban por sobre el mango tallado de su bastón un más allá de imposibles paisajes africanos, o tal vez... sueños, complicados sueños que se negaban a coincidir.

Dengue fue traído a su presencia y presentado por Ernesto casi como una liturgia sin esperanza, pero no. La vieja alzó los ojos y ante el asombro de todos tuvo voz para el saludo.

-Toguna. Toguna!

Ernesto acarició aquella cabecita y sin dar explicaciones siguió camino con Dengue hasta lo que al fondo definió como su dormitorio. Una fresca habitación cuya ventana se abría al resinoso olor de los pinos allende la cercana calle lateral. Llamó a Eva, la enfermera. Hizo las presentaciones y fue hasta el pabellón antiguo en busca de revistas y un pequeño televisor. Parecía otra persona. Por último pidió a los presentes que se quedaran un rato acompañando a Dengue, mientras él demorara en traer algunas otras cosas que iban a ser necesarias. Ropa nueva, por ejemplo.