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jueves, septiembre 27, 2007

396 ¿Creen que yo entiendo?

¿Ven? Ya va el tercer día sin que llegue el mudo a traerme el texto… Claro, y después me mandan cartitas protestando porque yo meto la cuchara. Me parece que no se puede tener a todo el mundo pendiente de la continuación de la historia. Porque esto a parte de ser una historia…como quién dice historieta, es también una historia…La Historia ocurriendo en tiempo presente, de un grupo de personas, de un país y casi de un continente que se está dando el lujo de mostrar sus transformaciones en directo, casi online. Como lo ha visto alguno de los muchachos, una situación inédita que a traído un grado de transparencia al proceso político nunca antes visto. Y no es mérito mío. Yo ni siquiera transcribí los primeros capítulos… ¿Creen que yo entiendo algo sobre cómo hemos llegado al punto en que nos encontramos? Nooo! Yo estoy tan sorprendido como ustedes. No pongo en duda que todo sea verdad y que esté ocurriendo en este mismo instante todo eso que dicen que pasa porque… bueno hasta cierto punto también me puse a hacer mis pruebas con estos guijarros del tiempo de Ñaupa y algo voy aprendiendo de cómo conectarme a internet en situación de lector. Hasta ahora nada de lo que he podido leer contradice nuestra historia… Ahora… ¿Cómo es posible que esto haya sido posible? Entre nosotros hablando, les voy a decir que muchas veces me sentí tentado de suavizar alguna idea que venía en la hoja, por parecerme demasiado descabellada. (No lo hice) Y después resulta que fue no más así! Otra cosa que ignoro es quién es el verdadero autor de la historia. Ya les dije la otra vez, que no me parecía posible que el autor estuviese en el pequeño grupo que rodea a Manuel. Para mí sigue siendo Bosco, Sea el mismo Bosco, o no, que ese otro que a la vez aparece de personaje. O que sea por ejemplo el mudo. Una persona muy extraña, por cierto, que yo no podría saber si es en serio mudo o se hace para que no le fueran a reconocer la voz en otro lado. Ahora… si fuese el mudo el verdadero autor. Como hace para espiar todo el día al grupo de Manuel y todavía tener tiempo para venir hasta el Queguay a traerme las hojas todavía con la tinta fresca recién escrita con pluma y lapicera y sus dedos derechos manchados justo donde se manchaban los dedos cuando uno escribía con esos armatostes. Entonces, si fuera el mudo, debería tener alguna instalación de espionaje permanente que pudiera ser visible y audible desde su casa, probablemente en Guichón o por ahí, por Andrés Perez. Pero si tuviese esa tecnología a su servicio. ¿Por qué no mandar los textos directamente desde su casa a Internet, sin pasar por los servicios de un servidor? No parece razonable. A pesar de todo… Me inclino a pensar que aun no siendo el mudo el verdadero autor, él ha de tener que ver mucho con el misterio de esta trama. Fíjense en que el verdadero autor no iba a introducir un personaje tan extraño por simple capricho. Porque el mudo, a parte de ser un servidor dentro del aparato editor de las bolas de manuel, es también un personaje de esta historia, así sea porque yo me he encargado de hacerlo público. No importa la historia abarca todos sus aspectos y yo al escribir estas notas de entretenimiento, no hago otra cosa que escribir nuestra propia historia, la mía y la tuya que me estás leyendo. Mientras me sigas leyendo yo estaré escribiendo en tu mente una sucesión de imágenes y conceptos (¿Cual será la diferencia?) En otro sentido sí que hay diferencia. En otra cosa…. Quiero decir que no hago más que un poquito de hurto inocente para tener estos instantes de plenitud al sentir que mis palabras están siendo leídas y como les dije en eso consiste que durante ese tiempo yo escriba vuestra historia. (No me debo poner solemne) Pequeño y fugaz placer al lado del que ha de sentir el verdadero autor al escribir la historia de medio continente y lograr que sea al mismo tiempo verdadera!


(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

viernes, agosto 03, 2007

359 Eustaquio Villalba, el Escriba

Son las cinco de la tarde y no habiendo llegado aun Bartolo con las páginas ensobradas para que yo transcriba al lenguaje de las piedras (Internet) en una nueva posta de la historia de Manuel -como hago casi todos los días- me decido a presentarme

Mi nombre es Eustaquio y lo ha sido hasta donde puedo recordar. Lo de Villalba no es tan seguro, pero no viene al caso. Importa sí mi oficio de escriba, aunque lo haga de forma tan particular, manipulando piedras, por lo visto idénticas a las que le regalara Abelardo a su nieto, mediante tan complicado procedimiento como el que ya les he contado. A mi me las entregó ese personaje peludo, negro y gigante que en la historia se hace llamar Mandinga, hace poco más de un año, cuando yo ya me había resignado a vivir recluido en este rancho de paredes de piedra, que me había construido para sobrellevar la soledad forzosa a que me condena mi condición. Soy una persona que no soporta la presencia humana -creo que nos dicen autistas- y mucho menos la palabra hablada, cosa espeluznante que me hace erizar hasta el último de los vellos y me obliga a meter la conciencia allá en la profunda cueva de la que luego no logro salir por muchas horas.

Acepté tácitamente la tarea, apenas medianamente comprendida, porque no tenía en que entretenerme luego de cazar algún bicho para comer, o juntar algunos vegetales de los que crecen por su cuenta. Mandinga supo cómo llamar mi atención sin espantarme. Nunca me dirigió la palabra ni puso su mirada sobre la mía. Vino varios días y al alcance de mi vista hizo bailar esas piedras y apuntó las letras sobre la roca que yo llamo “la mesa” con un trozo de caliza de la que aflora allá en el bajo. Eso fue todo. Cuando se retiraba dejando los guijarros allí, por supuesto que yo iba y repetía lo que había visto. Mi memoria visual es extraordinaria comparada con la de los comunes. Eso dicen los textos que ahora bajo de Internet con las mismas piedras con las que subo las postas sin importarme por palabras raras como laptop, widget, webmaster, blogroll y tantas otras. Yo soy apenas un escriba. Y encima autista. He aprendido el oficio y a falta de testigos que me acrediten, han de tener ustedes que creerme si les digo que mi velocidad es muy grande casi tanto como mi precisión.

Un buen día Mandinga dejó de venir, pero en cambio, cuando me acercaba a la mesa para jugar con esas hermosas piedras, ellas se ponían de improviso en movimiento, gesticulando las palabras que yo ya leía a primera mirada y memorizaba sin necesidad de tener papeles dónde escribir.

Un día me animé a contestar un mensaje. Mandinga me ofrecía escribir una historia que iba a ser leída en todo el mundo por millones de personas que durante el tiempo que estuvieran leyendo iban a conocer un nuevo tipo de emoción. La solidaridad de los humildes. La alegría de lo sencillo y otras de la misma clase que poco a poco podían regenerar en sus corazones la vuelta a los valores esenciales tan alejados del ruido y la agresividad del mundo moderno. Mi curiosidad y mi tentación fueron tan enormes que, apenas me explicó que los textos a transcribir me llegarían a diario de manos de Bartolo, un muchacho mudo y uranio que los dejaría sobre esa piedra chata, antes de huír, contesté mi aceptación.

Lo sorprendente ha sido enterarme de que se trata de una historia que está sucediendo en la realidad, por lo menos en parte. Muchas veces he visto pasar una, dos y hasta tres bolas sobre el paisaje que domino desde mi rancho. El Río Queguay no está muy lejos de aquí, tampoco ese pueblo llamado Guichón ni la Cuchilla de Haedo.

Hasta aquí mi presentación. E.E.V

Perdón, una cosa más: No se quién me manda los papeles.

(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)